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Al mismo tiempo, en Chile, los
vencidos de Rancagua emigraron a Mendoza en busca de ayuda en armas
y soldados, dispuestos a regresar más tarde al terruño
querido y liberarlo, para siempre, del dominio peninsular. El intendente
de Cuyo, General don José de San Martín, que había
concebido el plan de derrotar el poderío del virrey del Perú,
mediante una expedición chileno-argentina, por la vía
marítima hacia Lima, mostróse especialmente complacido
con la llegada de los emigrados de Chile, por el aporte que ello
significaba a la puesta en marcha de su plan de operaciones. Al
cabo de dos años de una actividad enorme y de sacrificios
indecibles, siempre bajo la atenta orientación de OHiggins
y San Martín, el Ejército de Los Andes estuvo listo
para operar en los primeros días de 1817.
Terminada la organización del Ejército
y resuelta la travesía de Los Andes, habría de ceñirse
ésta al siguiente plan: el grueso (divisiones OHiggins
y Soler) cruzaría el macizo andino por Los Patos, para caer
sobre Putaendo; la división Las Heras lo haría por
Uspallata, a fin de desembocar en Santa Rosa de Los Andes. Ambas
agrupaciones debían contar con la fuerza suficiente para
rechazar a las fracciones que resguardaban los pasos o que pudiera
Marcó del Pont, Presidente de Chile, despachar contra alguna
de ellas y sincronizar su avance de tal manera de alcanzar, al mismo
tiempo, el valle de Aconcagua y ocupar San Felipe y Los Andes. Otra
fracción, a las órdenes del Teniente Coronel D., Ramón
Freire, penetraría por el boquete de Planchón, con
80 infantes, 25 granaderos a caballo y una columna de tropas regulares
de emigrados chilenos. Su misión consistía en ratardar
o impedir el retiro de las fuerzas realistas (unos 1.400 hombres)
distribuidas entre Curicó y San Fernando, que Marcó
del Pont había destacado allí para combatir a los
guerrilleros patriotas. El plan contemplaba, por último,
el envío de fracciones menores por el Portillo, Coquimbo
y Copiapó.
Estando San Martín y OHiggins en Mendoza,
previo a esta decisiva batalla, al otro lado de la cordillera, necesitaban
disponer de un enlace con los elementos patriotas que se mantenían
en Chile. Esta búsqueda de información, indispensable
a toda operación, fue desarrollada eficazmente por Manuel
Rodríguez y otros valientes. La ola de falsos rumores e informaciones
alarmantes propaladas por ellos, llevaron la incertidumbre a los
jefes realistas, quienes dispersaron sus fuerzas entre Santiago
y Talca.
Por su parte, el General Freire debió realizar
una maniobra de distracción estratégica, con lo que
consiguió amarrar a fuerzas realistas que no pudieron acudir
a la acción principal. Finalmente, el plan propiamente tal
de la travesía del Ejército de los Andes, se realizó
en dos columnas de efectivos desiguales: la más importante
por el camino de los Patos y la columna secundaria, por el camino
de Uspallata; las dos debían reunirse en el valle del Aconcagua,
mientras efectivos menores dispersaban las fuerzas enemigas, induciéndolas
a engaño respecto del avance de la agrupación principal.
Después de reunirse las fuerzas de Las Heras,
de OHiggins y de Soler en el Campamento de Curimón,
el 8 de febrero y, ante las noticias del avance del jefe realista,
Coronel Rafael Maroto, hacia las casas de Chacabuco, San Martín
ordenó el avance patriota a las 02:00 horas del día
12, encabezado por la I División de Soler.
Por su parte, OHiggins avanzó por la
cuesta vieja, en dos columnas, arrollando a los adelantados realistas.
Pero debido a que el mando no había enviado elementos de
exploración y reconocimiento, OHiggins se encontró
a boca de jarro con el grueso del Ejército realista. Debió
decidir rápidamente el avance hacia el cerro Los Halcones
y desplegar allí sus fuerzas. Al mismo tiempo despachó
un estafeta para que informara de su situación al General
San Martín.
Eran las 11:45 horas, hacía un calor insoportable,
carecía de Artillería y no divisaba ni a San Martín
ni a Soler. En esta situación adversa, que se tornaba insostenible,
OHiggins, aconsejado por el Comandante Cramer, antiguo oficial
de los Ejércitos de Napoleón, ordenó a la Infantería
cargar a la bayoneta, apoyada por la Caballería del Coronel
Zapiola. La decisión del héroe chileno y sus hombres,
logró romper el cerco del enemigo, acción que fue
finalizada por la División Soler, que había arribado
a las 13:30 horas al campo de batalla.
Eran ya pasadas las 2 de la tarde, y la victoria
había coronado los esfuerzos de las tropas de la Patria.
De los 1.400 hombres del Ejército realista, 500 quedaron
tendidos sin vida en el campo de batalla y 600, prisioneros de los
patriotas. Alcanzaron 130 a dirigirse a Santiago, y 170 se dispersaron
por los cerros. Los nacionales tuvieron un oficial muerto, 10 heridos
y 10 soldados muertos y 89 heridos.
La victoria patriota fue de una importancia trascendental.
El camino hacia la independencia definitiva, se mostraba cada vez
más cercano, al paso que Bernardo OHiggins, Director
Supremo de nuestra naciente patria, formaba el nuevo Ejército
Nacional, que afianzaría definitivamente la libertad. Tampoco
perdió de vista la idea de crear una escuadra que dominara
el Pacífico Sur y que llevara la independencia al Perú.
Su visión geopolítica y su espíritu americanista,
mostráronse entonces, como se ve, en toda su magnificencia
y esplendor.
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