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Los otros podrían
ser las bacterias, pero contra ellas ya conocemos los antibióticos
para controlarlas.
Hasta donde sabemos, los virus son realmente
nefastos. Son los causantes de un sin número de enfermedades,
como la gripe, la hepatitis, el sarampión, a poliomielitis,
la rabia, la fiebre amarilla, etc. Y ahora, el SIDA. Además,
muchos de ellos se hayan involucrados en cánceres y
leucemias y en numerosas enfermedades autoinmunes, entre ellas
la esclerosis múltiple y la diabetes. No solo a nosotros
nos atacan, sino también a todos los demás animales,
a los vegetales e incluso a las bacterias. Aparentemente son
"los resentidos del sistema", que atacan y tratan
de destruir todas las formas de vida, donde quiera que las
encuentren. Si en manos de los médicos estuvieran las
posibilidades de hacer desaparecer todos los virus, sin duda
que lo harían. Sin embargo ello podría ser una
medida precipitada.
Las celulas parecen
acogerlos
Respecto a nuestra relación con los
virus, hay más de algo que no se entiende. Desde luego
debemos reconocer que, por parte de la célula receptora
de los virus, hay una serie de aparentes inconsecuencias.
Aparte del sistema inmunológico que fabrica anticuerpos
contra ellos, las restantes células parecen sorprendentemente
complacientes con ellos. Da la impresión que tienen
todo preparado para recibirlos como si fuesen huéspedes
ilustres. Más aún, pareciera que a la pasada
los atrapan, como quien pesca un pez con un anzuelo. Es así
como las células en su membrana han insertado proteínas,
para que cuando llegue un virus específico, lo reconozcan
y lo atraigan hacia sí, para luego abrirles las puertas
para que entre majestuosamente a su interior. Una vez adentro,
amablemente lo despojan de su ropaje proteico y lo invitan
a que, desnudos, recorran todas las dependencias de la célula.
Incluso lo dejan entrar al "Sancta Santorum" de
la célula: el interior de su propio núcleo,
y más aún, parece que le dijeran: "hazte
uno con nosotros y ordena lo que quieras". El virus ni
tonto ni perezoso, se incorpora al DNA propio del núcleo
y comienza a dejar el desparramo.
A veces entraba todo el sistema regulatorio
celular y de ello resulta un cáncer. Las más
de las veces se las arregla para ordenar la multiplicación
de su propio DNA, y para ello utiliza todas las herramientas
que la célula dispone. Cuando se ha multiplicado, también
ordena que se produzcan las proteínas que lo van a
vestir. Cuando está todo listo y ya el número
de virus llega a ser demasiado elevado, estalla
la célula que tan generosamente lo había hospedado.
De todo ello resultan miles de virus, que desde allí
vuelven a engañar a otras generosas y estúpidas
células, y vuelven a repetir el ciclo. Mientras tanto,
a ninguna de ellas nunca se le ha ocurrido desarrollar mecanismos
defensivos como para impedir u obstaculizar el desastre que
le provoca el entrometido.
Toda esta hospitalidad es realmente incomprensible.
Incluso, muchas veces el virus llega al interior de la célula
con una sola cadena de ácido nucleico (retrovirus),
y por ello no se pueden replicar y en consecuencia no puede
hacer daño. Sin embargo la gentileza de la célula
llega a tal punto que con su propia maquinaria le construye
la otra hebra complementaria que le falta, dándole
así las armas para que de allí en adelante comience
su desagradecida obra destructiva.
Otorguémosle en beneficio de la
duda
La célula no puede ser tan tonta! "Algo
nos oculta con tan extraño comportamiento, que se traduce
en esta inusual hospitalidad". Algo que nosotros aun
no podemos comprender. Ello nos debe hacer sospechar que si
nos precipitáramos a hacer desaparecer a todos los
virus, a lo mejor les provocaríamos un grave problema.
La verdad es que conocemos poco del mundo de
los virus. Los que hasta ahora realmente conocemos son sólo
algunos, aquellos que nos causan problemas y por ello los
hemos llegado a identificar. Pero es muy probable que los
virus tengan también un rol beneficioso.
No sería extraño que recibir
bien a los virus traidores sea el precio que deben pagar las
células por alguna labor constructiva de otros. A lo
mejor los virus son parte de nuestras células, lo que
no sería raro ya que hay muchas similitudes de estructuras
celulares y virales. A lo mejor también el virus nos
trae de afuera información genética favorable,
que posteriormente se incorpora a nuestro propio acervo genético.
Ese intercambio sucede por ejemplo entre las bacterias, que
frecuentemente intercambian información genética.
Así se explica por ejemplo la resistencia a los antibióticos
que, después de un tiempo, adquiere una bacteria. Ello
ocurre porque una bacteria le transmite a otra un plásmido
de DNA, útil para defenderse del antibiótico.
Del mismo modo se ha observado que virus que infectan animales
tienen parte de sus genes reemplazados por virus animales.
También se sabe de células animales que incorporan
a su genoma genes virales, y de allí en adelante, siempre
que la célula huésped se duplica, también
fabrica la copia del gene viral. Tal vez podríamos
considerar a los virus como el correo genético entre
las distintas especies, o como una vasta red de comunicaciones
cuya función es homogenizar y permitir la vida en todos
los nichos posibles del planeta. Es así como muchos
investigadores piensan que los virus han desempeñando
un rol fundamental en la evolución de las especies
y en la adaptación frente a circunstancias adversas.
Todo ello, claro, en el terreno de las hipótesis y
para tratar de encontrar alguna explicación a la aparente
"estupidez" de las células.
En todo caso, en beneficio de los virus, hay
que señalar que ahora éstos han comenzado a
prestar grandes servicios para el tratamiento de muchas enfermedades
genéticas. Es así como aprovechando esta capacidad
de intromisión al interior de las células, está
siendo posible cambiar genes en los virus y adicionarles genes
humanos normales, para que éstos se encarguen de introducirlos
al núcleo celular y, de este modo, reemplacen o potencien
genes anómalos causantes de enfermedades.
Por ahora no juzguemos mal a los virus, ni
tampoco interpretemos a priori como estúpida la complacencia
de las células, hasta cuando no conozcamos exactamente
para qué y por qué lo hacen. Corno todas las
cosas en la vida, este es un sabio consejo.
Fuente: Creces.cl
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