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La sociobiología
continúa provocando grandes controversias, sólo
comparables a las polémicas que Darwin levantó
con sus teorías de la evolución de las especies.
En cierta medida, la sociobiología es la complementación
de las mismas ideas evolucionistas. De acuerdo a ellas, el
Hombre no es libre y todo su comportamiento sólo obedece
a leyes que rigen a las especies. El objetivo último
es transmitir información a través de los genes
para preservar y perfeccionar la evolución de ellas.
El Hombre, como todos los seres vivos, sería una máquina
automática manejada por sus genes.
El principal sostenedor de esta escuela es
Edward Osborne Wilson, profesor de la Universidad de Harvard.
Su libro escrito en 1975, definió la disciplina y provocó
el estallido de la polémica que hasta hoy continúa.
Después de él muchos se han sumado y han llegado
a formar un grupo de 35 científicos denominado "Grupo
de Estudio de la Sociobiología", que han continuado
agregando antecedentes y publicaciones. Sus planteamientos
producen enconadas reacciones. Sus detractores la catalogan
como una filosofía nefasta. "La Sociobiología
-dicen- es una tentativa para justificar genéticamente
al racismo, el elitismo, el sexismo y el statu quo de la sociedad
humana. Sus planteamientos recuerdan los predicados básicos
del racismo".
Máquinas sexuales
Según los sociobiólogos, los
Hombres y los animales serían sólo máquinas
sexuales, comandadas por sus genes para lograr que éstos
se transmitan en la mayor cantidad y seguridad posible, de
una generación a otra. La masculinidad y la femeneidad,
dicen ellos, son estrategias para la reproducción.
El cuerpo de la mujer y del hombre son complicados inventos
que difieren en su estructura y psicología debido a
que cada uno persigue, en forma diferente, la meta de todas
las cosas vivientes: producir el mayor número de descendientes
posibles con el mínimo de esfuerzo y riesgo. Obviamente
en lo concerniente a tener o no tener hijos y cuándo
tenerlos, es el resultado de una elección individual,
pero los sociobiólogos sostienen que fuimos diseñados
para ser máquinas reproductoras. Esta afirmación
es chocante e indudablemente que produce rechazo.
Los Hombres, como todo ser vivo, estarían
programados, y tal programación residiría en
los genes (moléculas de ácido desoxirribonucleico
o DNA en los cromosomas). Según los sociobiólogos,
a los Hombres no nos queda sino obedecer esa programación.
El altruismo, el territorialismo, la agresión, el egoísmo,
el fraude, la hipocresía, el miedo y muchos otros comportamientos,
estarían impresos en los genes de cada uno y todos
ellos son útiles para preservar la especie.
Molécula Vital
Según Wilson, hemos evolucionado hacia
la sexualidad. Ella es sólo la manifestación
del deseo de replicar la información genética,
lo que a su vez permite preservar la especie. De acuerdo a
la evolución, dice Wilson, la mente también
se adapta permitiendo la selección natural, lo que
a su vez significa la supervivencia de los genes y por lo
tanto de la especie.
De acuerdo a Richard Darwin, en su libro "El
gene egoísta", toda la vida se habría originado
de una molécula. Ella aprendió accidentalmente
a replicarse a sí misma usando otras moléculas
disponibles como bloques de construcción. Estas moléculas
replicadoras llegaron a ser eventualmente capaces de producir,
almacenar y ordenar bloques de construcción dentro
de sí, para sus usos futuros. Se construyeron así
los organismos, verdaderos robots, manejados por los "genes
egoístas".
Según la teoría del Gene Egoísta,
no es que seamos robots mecánicos y que los genes dentro
de nosotros finjan y conspiren para reproducirse. Más
bien es a la inversa: nosotros conspiramos, los genes no piensan
en absoluto. Pero, en el fondo, es que nosotros estamos trabajando
para que ellos se reproduzcan. Lo que logramos cuando nacen
nuestros hijos, no somos nosotros mismos, sino que hemos unido
filamentos de DNA que tienen la clave para la construcción
del cuerpo, el cual legamos para la posteridad mediante el
sexo.
Los sociobiólogos tratan de dar explicaciones
para todo el comportamiento sexual del Hombre. Para ello,
extrapolan experiencias observadas en animales y las comparan
con el comportamiento de los seres humanos. A ambos, hombres
y mujeres, les agrada el sexo. ¿Por qué los
hombres a menudo tienen que pedir, engatusar o a veces sobornar
a la mujer para hacer el amor?.
Machos y hembras
Para un sociobiólogo, la respuesta está
en la diferencia entre machos y hembras y en que la mujer
da a luz y el hombre no. Las hembras son portadoras de óvulos,
que son más complejos y más caros que los espermios.
Los óvulos ya contienen bloques de comida para la futura
construcción. La mujer libera aproximadamente 400 óvulos
durante toda su vida. Realiza una enorme cantidad de trabajo
para lograr su descendencia. Carga el nuevo ser en su útero
durante 9 meses, da a luz con riesgos de su propia vida y
luego tiene que alimentar a la criatura con su leche por un
período largo.
Para el macho, la cosa es más fácil.
Sólo proporciona el espermatozoide, que es muy barato.
En cada eyaculación libera 300 a 500 millones de ellos.
La real contribución del hombre viene después
que ha nacido el hijo: obtener el sustento y proteger al vástago
de los predadores, riesgos, accidentes y finalmente enseñarle
cómo debe desenvolverse en su ambiente.
Robert
Trivers, sociobiólogo de la Universidad de California,
explica esta diferencia desde su punto de vista: "La
mujer está favorecida en el objetivo último
de preservar sus genes. Para ella, reproductivamente hablando,
el compromiso maternal siempre vale la pena; ella puede estar
segura de que el objeto de sus desvelos porta la mitad de
sus genes, porque sabe que proviene de su cuerpo. El hombre,
por el contrario, nunca puede estar seguro de ello. El nunca
puede tener la certeza que la criatura que él esta
sosteniendo, se encuentra de alguna manera relacionada con
él, ya que su compañera puede haber quedado
embarazada de otro hombre". Según Trivers, esta
incertidumbre se compensa con el ahorro de trabajo que tiene
el macho al no participar equitativamente durante la preñez.
-El hombre también intenta preservar
sus genes y transmitirlos para la posteridad. Para ello, trata
de controlar los riesgos, manteniendo una estrecha vigilancia
sobre su compañera y asegurándose de no tener
rivales. Desarrolla todos los esfuerzos para mantenerla si
a su criterio todos sus hijos han sido engendrados por él.
Por otra parte, para mayor seguridad en la transmisión
de sus genes, trata de tomar nuevas compañeras, esposas
adicionales, mujeres solteras, esposas de otros hombres o
cuando quiera que aparezca una oportunidad.
Con estos dos mecanismos, dice Trivers, el
hombre trata de asegurarse del paso a la posteridad de sus
genes. Un excelente ejemplo fue el Sultán Ismail de
Marruecos, de quien se dice fue padre de 888 hijos, de las
numerosas mujeres que mantenía encerradas en su harem,
cuidado por eunucos.
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