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En la noche del 15 de junio
de 1815, después de 25 años de guerra en Europa,
Napoleón fue derrotado en Waterloo por las fuerzas
combinadas de Inglaterra, Holanda y Prusia. A las 10 de la
noche la batalla había terminado. Los franceses habían
sido derrotados y 50.000 hombres, muertos o heridos, quedaron
en el campo de batalla. Esa noche todo era desolación,
sin embargo varios estaban esperando para beneficiarse: "los
ladrones de dientes y los dentistas" ¡hicieron
la América!
A comienzos del siglo XIX, las personas que
tenían dinero, pero pocos dientes, pagaban enormes
cantidades de dinero para una buena plancha. Las mejores dentaduras
frontales eran hechas de dientes humanos, pero el problema
estaba en el suministro de ellos. Algunas veces, los muy pobres
vendían sus dientes, pero tenían que estar muy
desesperados para ello. No era raro encontrar en los periódicos
de Nueva York de la época, ofertas de compra de dientes
por dos guineas cada uno. Las más de las veces se obtenían
dientes de segunda mano, provenientes de cadáveres.
Así aparecieron los "resurreccionistas",
que robaban cuerpos recién sepultados, ya fuera para
comercializarlos en las escuelas de medicina o para extraerles
los dientes por encargo de los dentistas.
A comienzos del siglo XIX, Altley Cooper, el
más popular de los cirujanos de Londres, mantenía
toda una banda de resurreccionistas. A ellos les encargaba
los cuerpos para disección, pero los dientes se iban
para otra parte. De acuerdo a su sobrino Bransby Cooper, autor
del libro "La Vida de Altley Cooper", señalaba
que los desenterradores no siempre se preocupaban de los cuerpos:
"las tumbas no eran siempre perturbadas para robarse
los cuerpos, ya que eran los dientes los que tenían
suficiente precio como para correr el riesgo. Es que en esos
tiempos, en Londres, el equipo de dientes costaba 30 libras
esterlinas de la época. Todos los dentistas de Londres
se abastecían de ese mercado". Claro que ninguno
lo admitía, y aseguraban que sus dientes venían
de fuentes de primera mano: los campos de batalla.
Y así era en efecto, porque las batallas
y las guerras pasaron a ser la principal fuente de dientes
humanos. Los cazadores de dientes seguían a los ejércitos,
e invadían el campo después de la batalla, cuando
quedaban sólo los cadáveres y los heridos. Con
gran destreza, en minutos les extraían todos los dientes,
no sólo a los muertos, sino también a los vivos
que habían quedado inconscientes.
La noche después de la Batalla de Waterloo,
en el campo quedaron desparramados más de 50.000 muertos
y heridos. Esa misma noche, el campo fue rápidamente
invadido por los vendedores de dientes. Cosecharon tanto,
que de allí en adelante los dientes de segunda mano
pasaron a llamarse "Dientes de Waterloo", los que
adquirían un precio especial por tratarse de dientes
frescos de gente joven, sin desgastes y sin picaduras. Con
ellos se abasteció todo el mercado de Europa y también
partieron en grandes cantidades a los Estados Unidos. Levi
Spear Parmly, dentista americano, descubridor del hilo dental,
señalaba en el año 1819 "que tenía
miles de buenos dientes extraídos en el campo de batalla".
Pero por esa época comenzaron a fabricarse
los dientes de porcelana. Pero los primeros eran demasiado
brillantes, quebradizos y chirriantes al mascar, de modo que
su aceptación fue limitada. Sólo años
más tarde, Claudius Ash logró perfeccionarlos
e inició su producción y comercialización
con más éxito. Pero en el intertanto, continuaron
usándose dientes de segunda mano. En 1850, el abastecimiento
se incrementó de nuevo por la Guerra de Crimea. Aun
en el año 1865, el periódico "Pali Malí
Gazete" denunciaba que algunos dentistas de Londres aún
continuaban utilizando dientes humanos. En ese entonces, el
abastecimiento provenía de la Guerra Civil Americana.
Fuente: Creces.cl
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