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Los antiguos pensaban que
el Sol era una bola uniforme de fuego. Pero no es así,
ya que se sabe que posee una estructura bien definida. En
su interior tiene un núcleo central, en donde constantemente
se están produciendo las reacciones nucleares, cuyo
producto final es la enorme energía de la cual depende
la vida en la Tierra (fig. 1). Desde allí ésta
se desplaza gradualmente hasta alcanzar la superficie solar,
para luego escapar al espacio. Sobre su superficie hay una
tenue atmósfera, que se denomina "cromósfera",
que puede ser perfectamente observable durante los eclipses
totales. Bajo ella está la "corona", que
lo envuelve y se extiende por millones de kilómetros.
Su temperatura es tan alta, que su constitución está
casi completamente ionizada. Es decir, no está formada
por átomos neutros, sino por protones, electrones y
núcleos atómicos (especialmente helio). Desde
aquí nace lo que se ha llamado "el viento solar",
un flujo de partículas cargadas que soplan en todas
direcciones, atravesando el sistema solar.
Hasta
aquí es lo que sabemos, pero son muchos los hechos
observados para los cuales aún no tenemos explicación.
Así por ejemplo, se estima que en el núcleo
interior del sol, la temperatura es altísima, probablemente
superior a 15 millones de grados Kelvin. Sabemos también
que ésta va bajando hacia su superficie, hasta llegar
a 6 mil grados Kelvin (gráfico 1). Pero aquí
comienza nuestra sorpresa: la temperatura de la cromósfera
(la parte más externa de la corona), vuelve a elevarse
por sobre 10 mil grados Kelvin. Más aún, en
aquellas partes que la corona aparece asociada con manchas
solares de su superficie (fig. 2), la temperatura es aún
más alta. La lógica parecería indicar
que si la energía se genera en el interior del sol,
la temperatura debería ir disminuyendo hacia su superficie,
alcanzando los valores más bajos en la cromósfera.
Pero datos indirectos recientes indican exactamente lo contrario.
Esta paradoja comenzó a hacerse evidente
en el siglo XIX, cuando los especialistas, observando el eclipse
solar, pudieron realizar mediciones espectrográficas
de la cromósfera, observando que en su espectro de
absorción (Creces, Noviembre 2000, pág. 32)
aparecían líneas que no correspondían
a ningún elemento conocido hasta entonces. Más
tarde, en el año 1940, los físicos asociaron
dos de estas líneas a átomos de hierro, que
habían perdido la mitad de sus electrones, una situación
que para que se produzca, requiere de temperaturas extremadamente
altas. Posteriormente, instrumentos colocados en satélites
cercanos a la Tierra (satélite SOHO, en 1995 y TRACE,en
1998), descubrieron que el Sol emitía enormes cantidades
de rayos X (fig. 2) y radiaciones extremas ultravioletas (fig.
3), lo que sólo puede suceder si la temperatura de
la corona se eleva hasta alcanzar muchos miles de grados Kelvin.
De acuerdo a estas observaciones, hay que aceptar que la cromósfera
tiene una altísima temperatura. Todo parece indicar
que esta incongruencia no es sólo propia de nuestro
sol, sino que también en todas las estrellas, ya que
todas ellas emiten gran cantidad de rayos X.
Otro misterio es lo que se ha llamado el viento
solar, que sopla desde el sol. Se sabe que está constituido
por una nube de electrones, iones y otras partículas,
que son arrojadas a gran velocidad, sobre los 750 kilómetros
por segundo (figura 1 y 4). Este viento solar es el que se
quiere aprovechar para viajar por el espacio, navegando a
la vela (Creces, Julio 2001, pág. 32). Aun cuando el
viento se puede detectar desde satélites cercanos a
la Tierra, los físicos quieren saber mucho más
de él, ya que hasta ahora se ha detectado sólo
después de varios días de haber dejado el Sol,
que es su sitio de origen. No se sabe cómo es él
cuando recién se origina en la superficie solar.
También
los físicos quieren saber el por qué el sol
se irrita y repentinamente arroja grandes burbujas formadas
por partículas de plasma (Eyecciones Masivas de la
Corona), que se desplazan a 2000 kilómetros por segundo
chocar con el plácido campo magnético de la
Tierra, produciendo tormentas magnéticas que interfieren
en las comunicaciones o en ocasiones llegan a silenciarlas
completamente (Creces, Abril 1999, pág. 6). Incluso
pueden interrumpir el suministro eléctrico, como sucedió
en Quebec en 1989.
"Cuando podamos entender mejor los vientos
solares, de donde vienen y por qué se producen, entonces
tal vez podamos predecir sus variaciones y cuándo van
a ocurrir las tormentas magnéticas que afectan a la
Tierra", dice Bruce Tsurrutani, proyectista del programa
Solar Probe de NASA. Por todo ello y mucho más, justifica
explorar directamente el Sol, mandando una nave que lo orbite
y que desde allí envíe la información
a la Tierra.
Las primeras imágenes de alta resolución
de la corona, fueron tomadas por telescopios de luz ultravioleta
y de rayos X, que se instalaron a bordo del Sky-lab, en los
años 1973 y 1974. Allí se pudo ver que en la
superficie solar, en relación con las manchas solares,
se formaban enormes aros sobresaliendo de ella, y que iban
y venían en cuestión de días. Se trataba
de aros de rayos X, que se extendían en el espacio
por millones de kilómetros. A su vez, en las zonas
más quietas del sol, se producían emisiones
de rayos ultravioleta, que le daban un aspecto como de panal
de abejas. También se pudo detectar que cerca de los
polos solares había áreas de menor radiación
de rayos X (hoyos de la corona). Recientemente, en los años
1997 y 1998, el satélite SOHO (The Solar and Heliospheric
Observatory), que orbitaba a 1.5 millones de kilómetros
de la Tierra, y el LASCO (Large Angle and Spectroscopy Coronagrapf),
tomaron fotos de estos eventos solares con mucha mejor resolución
(fig. 2 y 3). Pero ahora, la NASA pretende enviar un satélite
que orbite el Sol a mucho menor distancia, equipado con diferentes
instrumentos que permitan despejar muchas de las dudas que
se han planteado con las actuales observaciones del comportamiento
físico del Sol.
El problema está en las tremendas temperaturas
que esta nave deberá soportar. Se trata de que no le
suceda lo que le sucedió a Icaro, que por acercarse
demasiado al Sol, se le derritieron sus alas.
Una nave que visite
el sol
Se trata de una nave que debería acercarse
al Sol y volar a través de los aros del plasma incandescente
que éste arroja al espacio. Deberá enfrentar
fieros tornados del tamaño de la Tierra, que son los
que crean el viento solar, y ser capaz de tomar muestras de
todo ello para traerlas de vuelta a la Tierra. La idea es
que pueda sobrevivir a temperaturas de millones de grados,
lo que no es fácil de lograr.
El programa ya ha sido aprobado por NASA, y
en su preparación se han seleccionado los instrumentos
y sensores que se instalarán en la nave, que ya tiene
nombre: "Solar Prove". El presupuesto está
aprobado y los planes preveen el lanzamiento en seis años
más. El objetivo es realizar las determinaciones necesarias
para resolver los problemas antes planteados, con lo que no
sólo se conocerá mejor el Sol, sino también
todas las estrellas que forman nuestra galaxia y se pueda
asumir que las características del Sol, sean similares
a las de cualquier otra estrella.
El alma del proyecto es Jim Randolph, ingeniero
de NASA en Pasadena, California, que por décadas ha
estado soñando con él. Está muy consciente
que el principal problema será la fantástica
seguridad que necesitará la nave para protegerse de
las temperaturas extremas que deberá enfrentar. La
respuesta obvia será construir un escudo que resguarde
los instrumentos, de modo que aun cuando por fuera esté
al rojo, en su interior los instrumentos se mantengan a una
temperatura moderada.
Desde hace 20 años, Randolph está
logrando que NASA le financie las investigaciones de potenciales
materiales con los cuales se podría construir el escudo.
Su favorito ha sido un compuesto negro, llamado "carbón-carbón".
Este se fabrica en capas ordenadas de fibras de carbón,
en un molde de resina epoxica, que luego se quema en un horno.
Queda así una matriz amorfa de partículas de
carbón unidas en fibras.
El carbón-carbón es extremadamente
duro, liviano y resistente a las altas temperaturas. Este
ya se ha usado en las cabezas de proyectiles que deben reentrar
a la atmósfera, soportando intensas temperaturas. El
mismo material se ha usado para proteger la nariz y las alas
de los transbordadores espaciales, también con el objeto
de protegerlo en su entrada a la atmósfera.
Pero en este caso, la resistencia al calor
tiene que ser aún mayor, ya que el escudo debe soportar
por algunas horas el intenso calor del Sol. Por eso Randolph
y sus colaboradores tienen que extremar la búsqueda
de la mejor combinación del carbón-carbón.
Para llevar a cabo estos ensayos, el primer problema es reproducir
el calor del Sol aquí en la Tierra, para experimentar
con el material apropiado. Ya han ensayado dentro de una cámara
de vacío de un horno francés ubicado en los
Pirineos, pero desgraciadamente las experiencias han fallado.
Ahora están ensayando en las instalaciones de Lockheed
Martin en Colorado, que usa luz artificial para simular la
luz del Sol.
Por otra parte, han debido diseñar diversas
formas del escudo para decidir la más apropiada. Hasta
ahora, se piensa que éste debiera ser un cilindro.
El problema son las antenas, indispensables para enviar los
mensajes a la Tierra. Estas también tendrían
que protegerse del Sol. Para ellas también debería
proyectarse un escudo protector. Con este objeto, los investigadores
han ideado un sistema de protección consistente en
una parábola de material resistente al calor, que siempre
estaría mirando hacia la cara del Sol, mientras que
las antenas estarían en su sombra (fig. 5). Para llegar
a la fórmula precisa, tienen tiempo, ya que de acuerdo
a los planes, el satélite se lanzaría en el
año 2007.
Siguiendo las ideas de Giuseppe Colombo, un
astrónomo de la Universidad de Padua, se usaría
la gravedad de Júpiter para desde allí enviar
la nave en una trayectoria precisa hacia el Sol (New Scientist,
Enero 20, 2001, pág. 219). De acuerdo a lo programado,
ésta se lanzaría en Octubre del 2010, fecha
en que las manchas solares estarían en su máximo,
de acuerdo a los ciclos solares que ya se han descrito. Más
tarde volvería en una segunda vuelta en el año
2015, cuando las manchas solares estuvieran en su nivel mínimo.
La comparación de estas dos visitas permitirían
conocer el comportamiento de la cromósfera y la corona
solar durante el ciclo solar. La trayectoria de la nave tiene
que ser perfecta, de modo que cuando ésta dé
la vuelta al Sol, el escudo esté siempre de frente
para que las antenas no se dañen. Una pequeña
desviación, detendría inmediatamente la comunicación.
Para lograr todas las mediciones que se requieren,
la nave irá equipada con un magnetómetro, un
espectrógrafo, un detector de partículas y un
sistema apropiado para colectar plasma, determinar su composición
y medir su energía con los instrumentos de la misma
nave. Finalmente, con cámaras pequeñas debidamente
protegida deberá tomar fotografías de su superficie.
Estos y otros sensores deberán entregar
la información necesaria para explicar el comportamiento
del Sol y aclarar las paradojas que plantea. Para este año,
NASA ha asignado un presupuesto de 2 millones de dólares
para cubrir el costo de las investigaciones necesarias para
el diseño de la nave. Más tarde, su presupuesto
tendrá que ser mayor. Si la misión tiene éxito,
podrán aclararse las dudas que plantea la física
del Sol, y estará claro que éste es algo más
que una bola de gas.
Fuente: creces.cl
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