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Desde el comienzo de la
historia del hombre el consumo de alcohol siempre ha estado
presente. Las primeras referencias se remontan a los Minoans,
hace ya más de cuatro mil años, y parece que
desde entonces su ingestión ha estado presente en todas
las épocas y culturas. Su consumo en exceso produce
desastrosas consecuencias. Es por ello que se ha llegado a
considerar al alcohol como "el agente del demonio",
ya que estimula el crimen, la violencia y la miseria, llegando
a destruir el cuerpo y el alma de las personas.
Sin embargo, no se puede negar que el alcohol
también produce placer. Beberlo con moderación
tiene un sabor agradable e incrementa la cercanía de
las personas. Más aún, últimamente se
ha llegado a demostrar que en cantidades moderadas parece
aun ser beneficioso para la salud (Creces, Noviembre 1996,
pág. 7 y Enero/Febrero 2000, pág. 6). El alcohol
en sí, no es el agente del demonio ni de los ángeles.
Como somos nosotros, es algo intermedio.
Las consecuencias del alcohol
El problema no es sólo el embotamiento
y pérdida de la conciencia que produce su consumo excesivo,
sino que lo más grave es la adicción que produce.
Ello llega a constituir una enfermedad denominada "alcoholismo".
Los que la padecen tienen la necesidad de estar ingiriendo
alcohol en forma periódica, ya que sufren un intenso
apetito de alcohol. Su consumo mantenido llega a dañar
el hígado (cirrosis hepática) y el cerebro.
A pesar de los esfuerzos que se han hecho para
encontrar un tratamiento adecuado que lleve a la supresión
de la adicción, no se ha tenido éxito y es así
como un alto porcentaje vuelve a reincidir (Creces, Enero-Febrero
1992, pág. 16). Si a los pacientes se les obliga a
suspender la ingesta, aparecen una serie de molestias físicas
o psíquicas de magnitud variable, tales como inquietud
psicomotora, sensación de abombamiento, dolores de
cabeza, molestias gástricas, temblores de las manos
y de la lengua, saltos musculares, irritabilidad, agresividad,
etc. Todo ello es conocido con el nombre de "síndrome
de deprivación".
En nuestro país la cifra de enfermos
alcanza al 12.6%, lo que resulta de por sí alarmante
y excesiva si se piensa que un alcohólico es un sujeto
permanentemente embriagado y deteriorado. Cálculos
orientados a evaluar el impacto económico de la enfermedad
alcohólica en Chile dan cifras que se elevan anualmente
por sobre los 700 millones de dólares. En el cálculo
se considera los gastos en salud, los costos por muerte prematura,
por menor productividad y por accidentes y violencias provocadas
como consecuencia de su ingesta.
Por todo ello, en el mundo científico
se han estado desarrollando numerosas investigaciones orientadas
a prevenir el alcoholismo. Ellas han ido desde la prohibición
del consumo de alcohol, como fue el caso de Estados Unidos
en el año 1920, hasta las campañas de divulgación
y persuasión dirigidas a la comunidad, pero todo ello
con muy poco éxito. Desde hace algún tiempo,
numerosas investigaciones, tanto en animales de experimentación
como en humanos, parecen confirmar que en el alcoholismo existe
un trasfondo genético, que sumado a factores ambientales,
explican su elevada prevalencia. Ahora se buscan indicadores
que puedan poner en evidencia esta predisposición genética,
para concentrar en esas personas las acciones preventivas
o incluso llegar a una terapia génica que cure el alcoholismo.
En búsqueda de los genes responsables
Ya son numerosas las enfermedades en que se
ha logrado identificar genes responsables. Cuando se logra,
es posible detectar el gene específico, lo que permite
hacer un diagnóstico precoz de la enfermedad o identificar
sujetos susceptibles de contraerla aun antes que aparezca
ningún síntoma. Pero el proceso de individualizar
el gene o los genes es complejo y se inicia con el estudio
genético de familias en que esa enfermedad es más
frecuente. En el caso del alcoholismo, se hace necesario buscar
indicadores que se asocien y predispongan en forma significativa
a esta tendencia de llegar a ser alcohólico. Desde
luego, muchos individuos ingieren alcohol y no llegan a ser
alcohólicos, mientras que otros sí se transforman
en enfermos. Los estudios han avanzado, de modo que ya se
ha logrado identificar varios signos, que si están
presentes, sugieren una mayor susceptibilidad a contraer la
enfermedad.
Hallazgo de indicadores de riesgo
Henri Begleiter, psiquiatra del Downstate Medical
Center en Brookline (State University de New York), dice haber
encontrado un indicador específico que él ha
llamado el "componente P3". Se trata de un test
en que se analiza el potencial eléctrico del cerebro.
Para ello se estimula el sistema sensorial mediante un flash
de luz, mientras que simultáneamente se registra el
potencial eléctrico que se produce en el cerebro. El
componente P3 se puede observar en el registro encefalográfico
como un pico de 300 milisegundos. Según Begleiter y
sus colaboradores, este pico es más bajo en los alcohólicos.
Más aun, "mientras más bajo es, el alcoholismo
es más grave", dice Begleiter.
Lo interesante es que el déficit del
componente P3, no sólo se ve en los alcohólicos,
sino también en muchos de los parientes del enfermo
y en la descendencia de éstos, que no han sido afectados
por la enfermedad. Ello indicaría que estas personas
estarían en riesgo de alcoholismo en el futuro. Según
Begleiter, el tamaño del componente P3 estaría
determinado genéticamente, y sería uno de los
indicadores buscados. Ello se confirma también en estudios
realizados en animales de experimentación. Es así
como el alcoholismo se da también en las ratas, ya
que estos animales puestos frente a una bebida alcohólica,
en algunas ocasiones se convierten en adictos, y en ellos
también se da el hecho de que el componente P3 es más
bajo.
Según
Begleiter "el pico P3 es un índice de cuán
inhibido está vuestro sistema nervioso central. Si
el pico es más alto, el proceso inhibitorio de su cerebro
es mayor. De este modo, tener un pico bajo de P3, significa
que usted carece de un sistema de inhibición. En otras
palabras, su cerebro es sobreexcitado. Bebiendo alcohol se
calma esta agitada actividad, pero el alivio es sólo
temporal y gradualmente requiere de más y más
cantidad para lograr el efecto. De todo ello termina resultando
una dependencia" (New Scientist, Noviembre 27 de 1999,
pág. 39).
Pero aparte de esta onda P3, también
se han encontrado muchos otros factores predisponentes al
alcoholismo. Un ejemplo de ellos es la capacidad de resistir
a los efectos embriagantes del alcohol a edades tempranas.
"Con mucha frecuencia los alcohólicos me narran
que cuando eran jóvenes ellos consumían mucho
alcohol con poco efecto", dice Marc Schuckit de la Universidad
de California en San Diego.
Este testimonio llevó a Schuckit a investigar
en bebedores jóvenes su tolerancia al alcohol. Comparó
a 453 hijos de alcohólicos, a la edad de 20 años,
con otro grupo control pareados por edad, sexo y religión.
Invitados los individuos de ambos grupos, a beber uno o dos
tragos, les determinó los niveles hormonales, las ondas
cerebrales, la coordinación motora y evaluó
su sensación subjetiva. En el grupo de hijos de alcohólicos
encontró que el 40% de los casos era relativamente
insensible a los efectos del alcohol, mientras en el grupo
control, sólo lo era el 10%.
Diez años más tarde volvió
a contactar a las mismas personas, encontrando que a los 30
años de edad, el grupo de hijos de alcohólicos
había tenido el doble de riesgo de llegar a ser alcohólico.
Examinando sus datos, Schuckit afirma que los factores genéticos
son culpables de un 40 a 60% del riesgo de alcoholismo. El
resto es debido a factores ambientales, como presión
de sus pares y estabilidad de la familia. Es decir, según
Schuckit, los factores genéticos sólo predisponen
al alcoholismo, pero no lo aseguran. Si se combinan los factores
genéticos y los ambientales, se llega al alcoholismo.
Usando estos indicadores genéticos,
numerosos investigadores tratan de llegar a individualizar
los genes culpables, sin embargo reconocen que ello no es
tarea fácil. Ya en la década del 90 algunos
investigadores habían llegado a anunciar la individualización
de un gene que codificaba el receptor D2 de dopamina como
el culpable (Creces, Mayo 1997, 14). Pero estos resultados
no pudieron ser confirmados por otros grupos de investigadores,
por lo que se ha restado importancia al hallazgo.
Ahora no quieren cometer el mismo error y son
más cuidadosos en sus experimentos. Es así como
se han organizado en un proyecto conjunto, llamado COGA (Colaboration
on the Genetic of Alcoholism), Financiado por el National
Institute of Health de Estados Unidos, cuyo objetivo es la
investigación conjunta para buscar los genes responsables
que inducen al alcoholismo. Dentro de él, Howard Edenberg
de la Universidad de Indiana, afirma estar cerca de individualizar
esos genes en algunas regiones específicas de cromosomas,
pero estima que ello va a llevar todavía mucho trabajo,
ya que en la zona en que se sospecha hay aproximadamente 600
genes y muchos de ellos no se sabe aún qué función
desempeñan. El problema se complica porque el alcohol
no parece tener sólo un punto específico de
acción en el cerebro. Por el contrario, él altera
simultáneamente diversos aspectos de la química
cerebral. De esta forma se encuentran diferentes mensajeros
que interactúan con las moléculas del alcohol
llegando a despertar el apetito por beber, lo que complica
los estudios.
El hecho es que dilucidar toda esta complejidad
va a tener ocupados a los investigadores de COGA por algún
tiempo. Pero con suerte dice Edenberg, "podemos llegar
a individualizarlos en los próximos cinco años".
Si ello se logra, podría por ejemplo inhibir esos genes
y detener así la sed de alcohol.
La adicción al alcohol está
en los animales
Nuestra afición por el alcohol es muy
fuerte, lo que probablemente se deba a que nuestros ancestros
la adquirieron y la han traspasado a nosotros a lo largo de
la evolución, quedando así inscrita en nuestros
genes. Cada vez que tomamos un trago, estamos recordando nuestra
etapa evolutiva. Es probable que en tiempos muy remotos, hace
millones de años, cuando algunos animales comenzaron
a alimentarse de frutas fermentadas, comenzó a nacer
la afición por el alcohol. Los monos, los orangutanes,
los pájaros y los insectos, encontraron en la fruta
madura una rica y sabrosa fuente de azúcares que satisfacían
sus necesidades nutritivas. Pero también ésta
atrajo la atención de las levaduras, que por su acción
enzimática, degradaban el azúcar a etanol. Ello
le agregaba un cierto sabor salado muy atractivo.
Pero las frutas son escasas en los bosques
tropicales, por lo que encontrarlas no era fácil. Probablemente
la fruta fermentada se podía encontrar más fácilmente,
dado que el alcohol es altamente volátil, y el animal
podía fácilmente ubicarla por el olor. Bastaba
para ello una buena nariz o una buena antena. Aquellos animales
con mejor olfato, obviamente tenían mejores posibilidades
de encontrar la fruta fermentada. Seguramente que allí
comenzó la selección natural, desarrollándose
tanto la atracción por el alcohol, como también
el desarrollo fisiológico para su metabolización.
Así el proceso evolutivo de las especies trajo la afición
por el alcohol hasta nosotros y con ello también la
capacidad de emborracharnos.
No hay duda que hay muchos animales que
no toleran el alcohol, y que tampoco pueden emborracharse.
Son sólo los que comen frutas los que han desarrollado
estas capacidades. Es así como, por ejemplo, las avispas
y los moscardones en su hábitat natural es frecuente
que se emborrachen. También los pájaros, como
el picotero y el petirrojo, se emborrachan. Después
de comer fruta fermentada, chocan contra muros y ventanas
o se caen de las ramas. También se emborrachan los
elefantes, que teniendo un estómago muy grande hace
las veces de un estanque fermentador. Las jirafas y los monos
se retiran a dormir su siesta después de haber consumido
mucha fruta fermentada.
Fuente: creces.cl
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