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El estudio de la evolución
estelar es uno de los vuelos más imaginativos de la
mente humana. Si contemplamos el cielo, noche a noche, las
estrellas nos parecen inmutables. Las constelaciones que hoy
observamos han visto nacer, crecer y morir civilizaciones
enteras, sin sufrir más cambio aparente que pequeñas
diferencias en sus posiciones y, a veces, cambios de brillo
que suelen pasar desapercibidos para el hombre común.
Sólo notamos su constante centelleo, que es como un
parpadeo atónito ante la poca inteligencia con que
el ser humano maneja sus asuntos.
Y, sin embargo, las estrellas evolucionan.
Están constantemente liberando energía, y al
hacerlo cambian su hidrógeno en helio; en esta forma
envejecen. En realidad, se puede decir que las estrellas nacen,
crecen, envejecen y mueren. Y la inteligencia humana ha conseguido
estudiar estas transformaciones, con la inmensa ayuda que
significan los computadores modernos.
Se trata de un problema complejo, que presenta
dos dificultades básicas. En primer lugar, los procesos
que causan esta evolución se generan en el interior
de las estrellas, al cual no podemos llegar con nuestra observación;
y, en segundo lugar, la vida del hombre dura algunas decenas
de años, en tanto que la vida de una estrella dura
miles de millones de años. Estudiar su evolución
es como pedir a un ser venido de otro mundo que mire por unos
instantes a un conjunto de seres humanos de diferentes edades
y que, en base a esta rapidísima observación,
trate de comprender cuál es nuestro proceso de envejecimiento.
Modelos
El primer problema
lo solucionamos calculando modelos teóricos de las
estrellas. En palabras simples, podemos decir que el cálculo
de un modelo asume que las leyes físicas que se cumplen
en las estrellas son las mismas que se cumplen en la Tierra.
Además, contemplando el Sol, que es una estrella y
es prácticamente esférico, hacemos una generalización
y asumimos que en las estrellas existe simetría esférica.
Partimos también de la base de que los gases que forman
la estrella están en equilibrio hidrostático,
o sea que la presión de ellos hacia el exterior está
compensada exactamente por la atracción de gravedad
hacía el interior. Si así no fuera, y la presión
de los gases fuera mayor que la atracción gravitacional,
la estrella haría explosión; y sus restos se
perderían en el espacio; sí, por el contrario,
fuera mayor la gravedad, los gases harían implosión,
cayendo violentamente hacia el interior, de modo que la estrella
desaparecería de nuestra vista.
Es muy importante, además, considerar el proceso que
produce la energía, cuál es la cantidad de energía
producida por unidad de tiempo y cuál es la composición
química de la estrella. Si asumimos que las variaciones
de composición producidas en el interior de la estrella
aún no han llegado a su superficie, podemos considerar
que la composición actualmente observada, determinada
mediante el espectrógrafo, corresponde a la composición
inicial. Y, partiendo de esta base, podemos ir variando la
composición de acuerdo con la tasa de producción
de energía, en lapsos bien determinados, por ejemplo
cada millón de años. En esta forma se calculan
los llamados modelos evolucionarios que, en resumen, nos narran
la vida de la estrella, incluyendo lo que sucede en su centro
mismo.
Para resolver el segundo
problema, de la escala de tiempo, recurrimos a un método
de muestreo de las estrellas del cielo. Elegimos aquellas
para las cuales, por algún método astrofísico,
hemos determinado la temperatura superficial T y la luminosidad
(o cantidad de energía emitida por unidad de tiempo)
L. Si graficamos estas cantidades en dos coordenadas, poniendo
la temperatura en el eje horizontal y la luminosidad (expresada
en magnitudes estelares) en el eje vertical, obtenemos el
llamado diagrama de Hertzsprung-Rusell, en honor de los dos
astrónomos que, en forma prácticamente simultánea,
lo idearon en distintas partes del mundo. Este gráfico,
designado por simplicidad diagrama H-R, es un valioso auxiliar
para la investigación astronómica y, en especial,
para el estudio de la evolución estelar. En efecto,
al dibujar en él los puntos correspondientes a las
estrellas para las cuales, como dijimos, conocemos T y L,
obtenemos una distribución como la que muestra la Figura
1; o sea que, sorprendentemente, las estrellas no llenan todo
el gráfico, sino que ocupan zonas muy especificas de
él. Existe una banda relativamente angosta, muy poblada,
que se denomina secuencia principal o de las estrellas enanas,
y que va desde las temperaturas y luminosidades altas (parte
superior izquierda) hasta la parte inferior derecha, correspondiente
a estrellas débiles y de temperatura más baja.
En esta región se encuentra aproximadamente el 90%
de las estrellas. Además, se encuentran estrellas en
una zona de la parte superior (supergigantes), de alta luminosidad,
y en una zona intermedia (gigantes). También se observan
algunas estrellas bajo la secuencia principal. son las enanas
blancas.
Es interesante mencionar
que la temperatura de una estrella determina su color. Alrededor
de los 3.000º las estrellas son rojas. Una estrella como
el Sol, con una temperatura superficial de alrededor de 6.000º,
es amarilla. Las estrellas con una temperatura de unos 10.000º
son blancas; y las más calientes son azules. Por este
motivo se habla de supergigantes rojas o azules, de gigantes
rojas o enanas blancas.
Prácticamente desde
que se conoció el diagrama H-R se le interpretó
como una representación de la evolución estelar.
Inicial-mente se creyó que dicha evolución procedía
primero a lo largo de las ramas gigante o supergigante, de
derecha a izquierda, hasta llegar a la secuencia principal,
y luego a lo largo de ésta hacia las temperaturas menores,
para evolucionar luego hacia la izquierda, a la zona de las
enanas blancas.
Como veremos a continuación,
este concepto de la evolución era errado, pero no lo
era la interpretación del diagrama como un esquema
de la evolución.
Cumulos
Muy útil para el
estudio de estos procesos resultó el análisis
de los diagramas H-R de los cúmulos estelares, agrupaciones
de estrellas que tienen movimientos comunes, de modo que se
mantienen relativamente próximas, formando una unidad
física desde el punto de vista gravitacional. El tipo
más común lo forman los cúmulos abiertos,
constituidos por algunos cientos de estrellas, embebidos en
nebulosidad, y de composición química relativamente
rica en elementos pesados (entendiendo en este caso por elementos
pesados todo lo que no sea hidrógeno y helio); más
escasos son los cúmulos globulares, formados por millones
de estrellas cercanas, y, como su nombre lo indica, de forma
esférica o globular: las estrellas que los constituyen
son más pobres en metales (Figs. 2 y 3). Es una suposición
lógica aceptar que todas las estrellas de un cúmulo
determinado tienen un origen común en el tiempo, o
sea que tienen la misma edad. Si se dibuja el diagrama H-R
de distintos cúmulos se encuentra que algunos de ellos
tienen una secuencia principal larga y bien definida, prácticamente
sin rama gigante o supergigante; en otros, la secuencia principal
se curva en la parte superior. En algunos, la secuencia principal
es muy corta, desviándose en la parte de arriba fuertemente
hacia la derecha, en forma prácticamente horizontal.
En el fondo, como muestra la Figura 4, hay una secuencia de
formas que varían lentamente, desde el cúmulo
abierto NGC 2362 hasta el cúmulo abierto M 67 y el
cúmulo globular M3. Hoy se sabe que esta diferencia
progresiva se debe a distintos grados de evolución,
a diferentes edades.
Es
importante darse cuenta de que cuando se calcula un modelo
estelar, las características físicas externas
obtenidas deben reproducir las características observadas;
si así no fuera, hay que repetir los cálculos,
cambiando los parámetros iniciales hasta lograr un
completo acuerdo. Este método se llama iteración.
Es fácil darse cuenta de que, si a estas iteraciones
agregamos la montaña de cálculos que implican
los modelos evolucionarios, nos encontramos ante una tarea
prácticamente imposible de realizar sin la ayuda de
un computador. Cálculos que habrían tomado millones
de horas-hombre para realizarse, y que tal vez nunca se hubieran
realizado debido al tiempo involucrado y a las probabilidades
de error, pueden hacerse ahora en forma rutinaria en pocos
minutos. Este explica el enorme avance del estudio de los
interiores estelares y de la evolución estelar en las
últimas décadas.
En resumen, nosotros no
podemos seguir la vida de una estrella determinada desde su
nacimiento hasta su muerte. Sin embargo, analizando distintas
estrellas y mediante el cálculo de modelos evolucionarios,
podemos estudiar suficientes etapas de su desarrollo como
para escribir una biografía. Y esto es lo que trataremos
de hacer en los párrafos siguientes. Los modelos van
entregando pares de valores temperatura-luminosidad; cada
uno de estos pares origina un punto en el diagrama H-R; y
este punto corresponde a un instante de la vida de la estrella.
Uniéndolos todos, obtendremos una línea que
recibe el nombre de camino evolucionario y que es un resumen
de la vida de la estrella.
Nacimiento
En toda nuestra galaxia,
la Vía Láctea, así como en otras galaxias,
existen entre las estrellas nubes de materia interestelar,
formadas por gas y polvo, con densidades típicas de
unas pocas partículas por centímetro cúbico.
Es en estas nubes donde nacen las estrellas, prácticamente
por casualidad (Fig. 5). En efecto, el movimiento de los gases
y el polvo dentro de las nubes, y de las nubes mismas dentro
del conjunto hace que la distribución del material
varíe, produciendo regiones de densidad levemente mayor
que la de las zonas que las rodean. Debido a la atracción
gravitacional, el gas y el polvo comienzan a acumularse en
estas zonas, en un proceso que puede durar millones de años;
se forman así condensaciones que, al alcanzar una densidad
suficiente, comienzan a contraerse; al mismo tiempo, pueden
seguir atrayendo más material; el conjunto se acerca
cada vez más a la forma esférica. Se dice entonces
que se ha formado una protoestrella. Si quisiéramos
ubicaría en el diagrama H-R, se encontraría
en una región muy alejada hacía la derecha y
hacia abajo. A medida que la gravedad aumenta en la protoestrella,
ésta se sigue contrayendo haciéndose cada vez
más densa con el consiguiente aumento de temperatura:
la protoestrella se encuentra en la etapa de la producción
de energía por contracción gravitacional. El
punto que representa a la estrella en el díagrama H-R
se mueve hacia la izquierda, ya que aumenta su temperatura,
y hacia arriba, ya que al producir energía por contracción
gravitacional la protoestrella comienza a hacerse cada vez
más luminosa. Este proceso continúa hasta que
la temperatura interior se hace lo suficientemente alta como
para que empiecen las reacciones nucleares (algunos millones
de grados). Entonces comienza la adaptación de la protoestrella
a las nuevas condiciones, hasta que alcanza una situación
de equilibrio: el punto que la representa se sitúa
en la secuencia principal. Así ha nacido una estrella.
Enanas
La escala de tiempo de
la contracción gravitacional, así como la posición
que la estrella recién nacida ocupa en la secuencia
principal, depende de la masa que se condensa inicialmente.
Mientras mayor es la masa, más arriba en la secuencia
principal se ubica la estrella y menor es el tiempo que demora
en llegar a ese punto. Una estrella como el Sol se puede demorar
unos diez millones de años en iniciar su vida en la
secuencia principal, en la posición indicada en la
figura 1. Por otra parte, las protoestrellas muy masivas se
contraen hasta un tamaño similar al de nuestro sistema
solar en solamente unos diez mil años, y llegan a un
punto de la secuencia principal situado más arriba,
correspondiente a una temperatura y luminosidad más
alta. Las estrellas más masivas conocidas tienen unas
100 veces la masa del Sol, en tanto que las menos masivas
tienen del orden de 0.1 a 0.2 masas solares. Las masas de
gas de alrededor de un 7% de la masa del Sol pueden no calentarse
nunca lo suficiente como para que comiencen las reacciones
nucleares en su interior; radian toda su energía mediante
la contracción gravitacional hasta convertirse en masas
frías y oscuras, invisibles para nosotros. Son las
llamadas enanas negras. Muchas veces se ha considerado que
Júpiter, cuya masa es un milésimo de la masa
solar, puede ser una estrella que nunca nació.
Una estrella cualquiera
permanecerá la mayor parte de su vida en la secuencia
principal, por ello esta zona se ve mas poblada de estrellas
que el resto del diagrama H-R. En esta etapa no permanece
inmutable: produce energía, cambia su hidrógeno
en helio a una tasa que depende de la temperatura del interior:
mientras mayor es la temperatura, más luminosa es la
estrella, mayor la cantidad de energía que produce
y, por lo tanto, mayor la cantidad de hidrógeno que
consume y más rápido su envejecimiento. Las
estrellas menos masivas, por otra parte, tienen temperaturas
interiores más bajas y su consumo de hidrógeno
es menor, por lo que su evolución es más lenta.
Edad
Consideremos la evolución
de una estrella como el Sol. Los cálculos sobre su
consumo de energía demuestran que ya ha vivido alrededor
de cinco mil millones de años. Dentro de otros cuatro
a cinco mil millones de años, cuando las reacciones
nucleares hayan convertido en helio la mayor parte del hidrógeno
del núcleo, se empezarán a producir cambios
más notorios. La combustión del hidrógeno
no podrá continuar y la temperatura no será
aún suficientemente alta para que comience la combustión
del helio. Entonces el núcleo se contraerá por
efecto de la gravedad. Esto hará que la temperatura
del centro se eleve rápidamente y comenzarán
a producirse las reacciones nucleares del hidrógeno
en las capas que rodean el núcleo. Este proceso se
irá repitiendo, de modo que la producción de
energía se realizará cada vez más hacia
el exterior. Debido a esto, las capas más superficiales
de la estrella comenzarán a expandirse, y la estrella
aumentará de tamaño, bajando su temperatura
debido a la expansión. Cuando el Sol tenga unos 10.000
millones de años, su diámetro será alrededor
del doble de lo que es ahora y su brillo será aproximadamente
el doble de lo que era cuando nació. A partir de entonces,
la evolución se acelerará. En los mil millones
de años siguientes la estrella duplicará nuevamente
su diámetro, moviéndose rápidamente hacia
la región de las gigantes rojas. Solo 100 millones
de años después su tamaño será
50 veces mayor que el tamaño inicial y su brillo habrá
aumentado en unas 500 veces, aun cuando su temperatura será
sólo alrededor de unos 2 000º C. Evidentemente
que este proceso significará la muerte de la vida en
la Tierra, ya que el Sol abrasará sus cuatro planetas
interiores. Los océanos se evaporarán y los
vapores cubrirán la tierra con espesas nubes.
La etapa siguiente será
compleja pero muy corta, Con la elevación de la temperatura
en el interior debido a la contracción gravitacional,
comenzarán las reacciones nucleares, del helio, de
modo que tres núcleos de este elemento se fusionarán
para producir un núcleo de carbón. Sin embargo,
el proceso se interrumpirá rápidamente debido
a que, al acomodarse a las nuevas condiciones físicas,
se producirá en el núcleo una explosión
(relámpago de helio). Entonces bajará la temperatura
del centro y la combustión del hidrógeno en
las capas exteriores al núcleo se detendrá.
La envoltura exterior de la estrella volverá a contraerse,
con la consiguiente disminución del brillo debido al
menor tamaño. Este proceso durará unos 10.000
años. Finalmente, la temperatura central se elevará
nuevamente debido a la contracción, alcanzando unos
100 millones de grados, y el helio comenzará nuevamente
a convertirse en carbón. Cuando todo el núcleo
de helio se haya convertido en carbón, la zona de combustión
comenzará nuevamente a correrse hacia afuera, pero,
esta vez, consumiendo el helio. La estrella estará
formada por un núcleo inerte de carbón, rodeado
por una zona donde se realizarán las reacciones nucleares
del helio, y más afuera otra zona donde se efectuará
la combustión del hidrógeno. La estrella volverá
a la fase gigante con una rapidez de un orden 100 veces mayor
que la primera vez. En esta etapa se pueden producir fluctuaciones
en tamaño debido a repetidas explosiones de las capas
de helio.
Este proceso es similar
para estrellas con masas comprendidas entre unas cinco masas
solares y las masas más pequeñas observadas.
Para este grupo éstas son las últimas etapas
de la vida, antes de dirigirse inexorablemente hacía
su muerte. Para estrellas más masivas, este ir venir
hacia y desde la rama gigante o supergigante se puede repetir.
En efecto, ya dijimos que la mayor masa implica mayor temperatura.
A su vez, esto implica que, agotado el helio, se pueden producir
en el interior otras reacciones nucleares. Por ejemplo, si
la estrella comienza su vida en la secuencia principal con
una masa de alrededor de 10 veces la masa solar, las reacciones
nucleares no se detendrán con la formación del
núcleo de carbón. Este núcleo se contraerá
y su temperatura se elevará a unos 600 millones de
grados, iniciando la fusión del carbón para
formar oxigeno, neón y magnesio. Cuando se agote el
carbón, se repetirá la contracción hasta
que temperaturas más altas permitirán la transformación
del magnesio en azufre y, finalmente, de éste en fierro.
Nuevamente, cuando una determinada reacción deja de
producirse en el núcleo para pasar a las capas que
lo rodean, la estrella aumenta de tamaño para dirigirse
a la rama supergigarite, volviendo atrás cuando la
temperatura se hace insuficiente para que la reacción
continúe. Cuando la estrella ha formado su núcleo
de fierro, la muerte es inminente.
Las características
de la evolución de las estrellas de un cúmulo
al alejarse de la secuencia principal permiten estimar la
edad del cúmulo. En efecto, la secuencia principal
tal como aparece en la Figura 1 es la zona en la cual las
estrellas comienzan sus reacciones nucleares, es decir, nacen.
Se llama, por esto, secuencia principal de la edad cero. A
medida que pasa el tiempo, la evolución avanza con
mayor rapidez para las estrellas más masivas y de mayor
temperatura, que se alejan de la secuencia principal de la
edad cero antes que las estrellas más frías.
Por este motivo, la parte superior de la secuencia principal
de algunos cúmulos se curva hacia la derecha. Y mientras
más viejo es el cúmulo, más abajo comienza
a observarse esta curvatura, ya que más estrellas,
con temperaturas cada vez menores, han tenido tiempo de evolucionar
en su secuencia hacía la rama gigante (Fig. 6). De
este modo, observando el punto en que la secuencia principal
del cúmulo comienza a alejarse de la secuencia principal
de la edad cero, se puede estimar la edad del cúmulo.
A partir de la figura 4 podemos deducir, en consecuencia,
que los cúmulos globulares, cuyos diagramas H-R son
todos similares al del cúmulo M3 que allí aparece,
son muy viejos. Por ejemplo, la edad estimada del cúmulo
NGC 2362 es del orden de un millón de años,
en tanto que los cúmulos globulares tienen edades estimadas
del orden de unos 10.000 millones de años.
El tipo de muerte de una
estrella también depende de su masa: mientras más
masivas son, más estrepitosa y espectacular es su muerte.
Consideremos primero una
estrella de 5 masas solares o menos, lo que incluye a nuestro
Sol. Ya vimos que, después que se forma el núcleo
inerte de carbón, la estrella se dirige inexorablemente
hacia su muerte. El núcleo se contrae, pero su temperatura
no alcanza a elevarse lo suficiente para que comiencen las
reacciones nucleares del carbón. Sin embargo, la elevación
de la temperatura interna provoca una expansión de
las capas superficiales, con el consiguiente enfriamiento.
La fuerza de gravedad ejercida sobre ellas desde el interior
llega a hacerse tan débil que la presión ejercida
hacía el exterior por la radiación de la estrella
es suficiente para hacerlas escapar: una vasta capa de gas
se expande en el espacio, formando una nebulosa planetaria
(Fíg. 7). A medida que los gases de la nebulosa se
expanden y se tornan más tenues, el núcleo que
quedó atrás se hace visible como una estrella
de alta temperatura, cuya radiación ultravioleta excita
la capa de gas en expansión de modo que la nebulosa
despliega sus hermosos colores. Todas las estrellas que en
esta etapa de su vida contienen 1.4 masas solares o menos
sufren el mismo destino. Todas o la gran mayoría vienen
de la fase de gigantes rojas y pueden pasar por las fases
de ser estrellas centrales de una nebulosa planetaria. Las
que no pasan por esta etapa pierden su masa de alguna manera
distinta, tal vez durante la etapa gigante. En todo caso,
en alguna forma pierden gran parte de su masa original. Las
estrellas como el Sol y otras masas similares a la de éste
cuando estaban en la secuencia principal, pueden contener
en esta etapa sólo la mitad de la masa solar. Y estrellas
que contienen entre 4 y 5 masas solares en el momento de comenzar
sus reacciones nucleares pueden llegar en esta etapa a solo
1.4 masas solares.
Cuando los fuegos nucleares
del interior mueren definitivamente estas estrellas prácticamente
núcleos desnudos de la estrella que fueron, continúan
disminuyendo de tamaño hasta alcanzar una condición
estable, el estado de enanas blancas, con un radio de unos
pocos miles de kilómetros y una densidad del orden
de unas decenas de toneladas por centímetro cúbico.
Cuando la materia alcanza este estado se habla de materia
degenerada; es esta enorme densidad (esta degeneración
de la materia) la que sostiene la estrella contra un completo
colapso gravitacional y le permite continuar en la condición
estable que hemos mencionado. Una enana blanca tiene un tamaño
comparable al de la Tierra; por esto, aunque su temperatura
es muy alta, mayor que la del Sol, su brillo total es muy
pequeño.
Algunas
veces se produce en esta etapa un repentino aumento de brillo
de la estrella, se trata de una nova, millones de veces más
brillante que la estrella que le dio origen y que produce
la ilusión del nacimiento de una nueva estrella, en
circunstancia de que en realidad es el último suspiro
antes de la muerte.
Actualmente se cree que
este fenómeno se produce cuando la enana blanca forma
parte de una estrella doble; entonces es posible que, en forma
más o menos repentina, gran cantidad de materia caiga
hacia la enana blanca desde su compañera aportando
combustible nuevo para que se produzcan reacciones nucleares`
en la superficie, produciendo el súbito aumento de
brillo. La luminosidad de una nova comienza a diminuir en
forma casi inmediata, al principio con rapidez y después
más lentamente: la estrella vuelve a su débil
brillo inicial en unos pocos meses.
A medida que envejecen
las enanas blancas, ya incapaces de producir energía
por ningún medio, radian su propio calor de modo que
se enfrían gradualmente; de blancas pasan a ser amarillas
y después rojas: finalmente, después de millones
de millones de años se transforman en enanas negras,
que ya han radiado todo su calor, frías cenizas muertas
de astros antes esplendorosos. Cuando el Sol pase a convertirse
en una enana blanca, la Tierra también se enfriará.
Las nubes que la rodearon durante la etapa de gigante roja
del Sol se condensarán, la lluvia caerá sobre
la Tierra calcinada, los océanos se volverán
a llenar, y caerá nieve de anhídrido carbónico.
Un frío cada vez mayor envolverá el planeta,
los océanos se congelarán y, lentamente, una
edad de hielo eterna caerá sobre la Tierra, que fue
nuestro hogar.
La Figura 8 muestra en
forma muy esquemática el camino evolucionario de una
estrella como el Sol, desde poco antes de su nacimiento hasta
su muerte como enana negra.
Para las estrellas más
pesadas la historia es diferente. Después de la etapa
de supergigante roja, las condiciones en el centro cambian
tan rápidamente que se hace muy difícil calcular
los modelos adecuados, a pesar de la invaluable ayuda de los
computadores. Por este motivo se han propuesto varias teorías
basadas en modelos diferentes acerca de lo que acontece. Aquí
expondremos una de las versiones de la historia.
Supernovas
Consideremos una estrella
de 5 a 10 masas solares. Ya dijimos que, al formarse el núcleo
de hierro, la muerte es inminente. Dicho núcleo se
contrae y comienza a calentarse de nuevo. Eventualmente la
temperatura llegará a ser tan alta como para que se
comiencen a producir las reacciones nucleares del hierro.
Pero esto llama al desastre, porque los núcleos de
hierro tienen propiedades totalmente diferentes de las otros
núcleos: al sufrir una reacción nuclear absorben
energía en vez de producirla; luego no queda energía
disponible para que el núcleo se siga calentando. El
núcleo contrarresta esta falta de energía nuclear
contrayéndose y calentándose todavía
más, debido a la contracción gravitacional.
Entonces el hierro se puede dividir (fisionar) en núcleos
más livianos. absorbiendo aun más energía.
Se produce un círculo vicioso y el proceso queda, por
último, totalmente fuera de control. En materia de
segundos (un tiempo fantásticamente corto para una
estrella que ha vivido millones y millones de años),
el núcleo colapsa y se calienta de forma catastrófica.
La materia de las capas exteriores cae sobre el núcleo
colapsado, y los electrones penetran en los protones para
formar neutrones, partículas que tienen la misma masa
que los protones pero que son, como su nombre, lo indica,
eléctricamente neutras: se produce la neutronización
de la materia. En el proceso se libera una gran cantidad de
neutrinos, partículas de las que ya hablamos. En esta
etapa del colapso. las capas exteriores de la estrella son
tan densas que detienen a los neutrinos y, al hacerlo, son
empujadas por ellos con gran fuerza, de manera que se alejan
violentamente del núcleo. Se generan así intensas
ondas de choque, verdaderas explosiones sónicas que
atraviesan la materia que se expande, posiblemente formando
en su travesía elementos químicos más
pesados que el hierro. Con una tremenda explosión la
estrella se destruye y en el cielo aparece una espectacular
supernova. En los días y semanas que siguen a la explosión,
la cantidad de energía liberada por la supernova puede
igualar a la cantidad emitida por toda la galaxia a la cual
pertenece: su luminosidad ha aumentado en cientos de millones
de veces. Algún tiempo después el brillo comienza
a disminuir, pero el proceso total es muchísimo más
largo que el de una nova.
Al producirse la supernova,
sólo queda atrás el núcleo desnudo de
la estrella; pero ahora no se trata de una enana blanca; la
masa residual será mayor que 1.4 masa solar, aunque
menor que 2 a 3 masas del Sol. Debido a la explosión,
el núcleo se contrae aún más, la neutronización
continúa, y finalmente, se forma una estrella de neutrones,
que puede llegar a tener un diámetro de tan sólo
20 kilómetros, pero con una densidad de 10 millones
de toneladas por centímetro cúbico.
¿Cómo puede
ser una estrella de neutrones? Es posible que tenga una corteza
cristalina, sólida. de algunos cientos de metros de
espesor, rodeada por una atmósfera que contendría
en conjunto la fotosfera, la cromosfera y la corona y que,
posiblemente, alcanzaría sólo unos pocos centímetros
de altura. Dado que la superficie sería cristalina,
podrían existir en ella irregularidades semejantes
a montañas, pero debido a la enorme atracción
gravitacional (que puede ser del orden de 100 mil millones
de veces la que existe en la Tierra), es posible que dichas
montañas sobresalgan apenas por sobre la atmósfera.
Por otra parte, en este
fenómeno hay que considerar también la existencia
de un campo magnético. Antes del colapso, el núcleo
tiene sólo un campo magnético débil.
Pero a medida que el núcleo se contrae, el campo magnético
se va concentrando, lo que significa que, simultáneamente,
se va haciendo más intenso. Cuando el núcleo
llega al tamaño de una estrella de neutrones, el campo
magnético se hace sumamente poderoso, más intenso
que todo lo que podamos producir en la Tierra. Por ejemplo,
si el Sol se contrayera hasta tener el tamaño de una
estrella de neutrones, con un cambio de su radio de 700.000
hasta alrededor de 10 km., su campo magnético aumentaría
desde un gauss (que es el campo magnético promedio
del Sol) hasta 5.000 millones de gauss. En consecuencia, es
totalmente razonable suponer que las estrellas de neutrones
tienen campos magnéticos de miles de millones de gauss.
Pulsares
Cuando la teoría
predijo la existencia de las enanas blancas, éstas
ya se habían observado y estaban ubicadas en el diagrama
H-R. Pero cuando las estrellas de neutrones se discutieron
por primera vez teóricamente en los años 30,
parecía imposible llegar a observar alguna: ni siquiera
se tenía una idea clara sobre cómo se podrían
observar.
Sin embargo, en 1967 los
radio-astrónomos detectaron por primera vez un objeto
extraño, una radiofuente pulsante, o sea que emitía
una rápida secuencia de pulsos muy cortos y espaciados
en forma muy regular. Estos objetos recibieron el nombre de
pulsares, y actualmente se conocen más de 300. Pronto
se quiso interpretar su comportamiento y se llegó a
la conclusión de que sólo se podía tratar
de estrellas de neutrones en rápida rotación.
El descubrimiento de los pulsares es, en consecuencia, el
descubrimiento de las estrellas de neutrones. Una de las teorías
más aceptadas para explicar la emisión de los
pulsos es la teoría del faro. Consideremos un faro
situado en la costa, cuya luz penetra muchos kilómetros
en el océano hasta un punto en el cual hay un barco.
A medida que el fanal gira, el haz de luz pasa por el barco
rápidamente, desapareciendo después para volver
a aparecer cuando se ha realizado una rotación completa.
Análogamente, un pulsar sería una estrella de
neutrones en rápida rotación que emitiría
su radiación en forma de un haz, de modo que en la
Tierra vemos un pulso cada vez que dicho haz nos alcanza,
al completar una rotación. Esta teoría, sin
embargo, debe explicar por qué la radiación
se emite en forma de un haz. Este problema es más complejo,
pero se cree que el fenómeno está relacionado
con el poderoso campo magnético de las estrellas de
neutrones.
En todo caso, la identificación
de las estrellas de neutrones con los pulsares está
confirmada por algunos hechos adicionales. En efecto, la temperatura
superficie estimada para las estrellas de neutrones (del orden
de 10 millones de grados) implica que ellas deben ser emisoras
intensas en la región de los rayos X. Podría
entonces esperarse que donde hay una estrella de neutrones
haya una fuente de rayos X y un pulsar. En la nebulosa del
Cangrejo (Fig. 9), remanente de una supernova, se detectó
una fuente de rayos X mediante observaciones con cohetes desde
fuera de la atmósfera. Por otra parte, en la misma
nebulosa se detectó el pulsar NP 0532 y posteriormente
se encontró que en la posición del pulsar existía
una estrella pequeña que emitía destellos cada
0.033 segundos, exactamente el mismo periodo de las pulsaciones
en las longitudes de onda de radio. De este modo se confirmó
la relación entre los tres fenómenos y, además,
posiblemente, la relación de ellos con las supernovas.
Hoyos negros
¿Qué pasa
cuándo la estrella llega a la secuencia principal con
una masa mayor que unas 10 masas solares? En el caso de las
enanas blancas y las estrellas de neutrones, la degeneración
impide el colapso total del núcleo. Pero en el caso
de que la masa remanente después de la explosión
de la supernova sea mayor que unas 3 masas solares, como puede
suceder con las estrellas más masivas, el colapso pasa
por la etapa de la estrella de neutrones, sin que la degeneración
de éstos sea capaz de detenerlo y el núcleo
continúa haciéndose más y más
denso. La fuerza de gravedad se hará tan intensa que
la radiación proveniente de la estrella tendrá
cada vez mayores dificultades para escapar, y llegará
un momento en que la luz emitida en un punto orbitará
alrededor de la estrella (Fig. 10). La esfera dentro de la
cual la luz puede orbitar recibe el nombre de esfera de fotones,
y su radio se puede calcular en forma teórica. Por
ejemplo, para una estrella de tres masas solares, el radio
de la esfera de fotones es 13.5 kilómetros. Pero la
contracción continúa y llegará un momento
en que la luz ni siquiera podrá orbitar la estrella,
sino que no podrá escapar de ella de ninguna manera:
la estrellase habrá transformado en un hoyo negro.
Toda evidencia externa de su existencia desaparecerá,
quedando sólo su campo gravitacional como indicación
de posición en el espacio Este es un fenómeno
relacionado con la relatividad general, y las ecuaciones que
lo gobiernan fue planteadas por Einstein. La solución
a estas ecuaciones fue laborada por Schwarzschild, y este
motivo el radio para el cual la luz ya no puede salir de la
estrella se llama radio de Schwarzschild o radio gravitacional.
El radio de la esfera de fotones es exactamente una vez y
media el radio gravitacional. La superficie esférica
correspondiente a dicho radio recibe el nombre de horizonte
de eventos. Cuando la estrella llega a ser menor que su horizonte
de eventos, nada puede detener su contracción. En el
hecho, la teoría matemática predice que en su
camino hacia el olvido la estrella, teóricamente, se
contraerá hasta hacerse submicroscópica y finalmente
llegará a tener un radio cero, situación que
parece imposible de concebir. Este punto, correspondiente
a radio cero y densidad infinita, recibe el nombre de singularidad.
Entonces, la teoría predice que "en todo hoyo
negro hay una singularidad".
¿Podemos detectar
un hoyo negro? Difícil como parece, no es imposible.
Debido a su intenso campo gravitacional, un hoyo negro atrae
materia, que será acelerada hacia él. Parte
de esta materia caerá directamente en el hoyo negro
y nunca se la volverá a ver; sin embargo otra parte
comenzará a orbitar alrededor del hoyo negro, a gran
velocidad, formando un disco de acreción. Lo más
probable es que este gas en órbita se calentará.
Los cálculos teóricos demuestran que este calentamiento
será tan grande que el gas radiará intensamente
en la región del espectro correspondiente a los rayos
X. De modo que a pesar de que no podamos observar directamente
el hoyo negro, deberíamos poder observar los rayos
X provenientes del disco de acreción. Un caso muy convincente
es el de la fuente de rayos X Cygnus X-1. Esta es la primera
fuente de rayos X en la cual se detectaron variaciones de
intensidad en una escala de tiempo de milisegundos. Luego
se encontró radiación en las longitudes de onda
de radio, proveniente de la misma zona y finalmente en la
posición correspondiente a estas radiaciones se encontró
una estrella de novena magnitud, o sea no visible a ojo desnudo.
La identificación de la radiofuente con la fuente de
rayos X era indudable, ya que ambas sufrían abruptos
cambios de intensidad en forma instantánea. Un análisis
del espectro de la estrella observada en el visual demostró
que se trata de una supergigante azul, de unas 15 masas solares.
Por otra parte, el espectro indica también que existe
una compañera invisible, de tal modo que orbitan una
en torno a la otra con un periodo de 5.6 días. Además,
la órbita permite deducir que la compañera invisible
tiene, con toda seguridad, más de cuatro masas solares;
la mejor estimación es 8 masas solares. Esta masa es
tanto mayor que las 2 ó 3 masas solares necesarias
requeridas por la teoría para tener un hoyo negro,
que parece que aún tomando en cuenta todas las incertezas
encerradas tanto en las medidas como en los cálculos
teóricos, hay demasiada masa para que la estrella invisible
pueda estabilizarse como una de neutrones. En consecuencia,
la mayoría de los astrónomos creen que en Cygnus
X-1 se ha encontrado un agujero negro.
Nucleosintesis
Las explosiones de supernovas
en el caso de las estrellas masivas, e incluso la expulsión
de nebulosas planetarias en el caso de estrellas de menor
masa, tienen una consecuencia interesante: enriquecen la galaxia
en elementos pesados. En efecto, al formarse la primera generación
de estrellas después de la explosión que dio
origen al Universo, se condensó la materia prima existente
en ese momento, prácticamente sólo hidrógeno.
Luego, al iniciarse las reacciones nucleares en el interior
de estas estrellas, se comenzaron a formar elementos más
pesados en un proceso que se designa con el nombre de nucleosíntesis
y que, aunque no lo hemos explicado en detalle, se puede entender
en forma general en lo que ya hemos dicho: cada reacción
nuclear del tipo fusión produce un elemento químico
más pesado que aquellos que se fusionan. Al producirse
luego la explosión de la supernova estos elementos
químicos nuevos son expulsados al exterior de la estrella,
de modo que la materia interestelar se contamina, enriqueciéndose.
Las estrellas formadas posteriormente serán más
ricas en elementos pesados, lo que nos proporciona una confirmación
adicional del esquema general de evolución estelar
aquí descrito. En efecto, ya mencionamos que los cúmulos
globulares son los más antiguos de todos y, a su vez,
son muy pobres en elementos pesados: se les puede considerar
formados por estrellas de una primera generación. En
cambio los cúmulos abiertos, más jóvenes,
corresponderían a generaciones posteriores de estrellas,
segunda o tal vez tercera; es decir se habrían formado
cuando ya la materia interestelar se encontraba enriquecida
por otros elementos químicos y su análisis espectral
revela que tienen un contenido metálico más
alto que el de los cúmulos globulares.
Podemos terminar diciendo, como Friedman
en su libro "The Amazing Universe": "La Astronomía
es una gran empresa humana, internacional en sus ideas y realizaciones,
en la cual participan miles de científicos, técnicos,
ingenieros y artesanos. Sus instrumentos son los más
maravillosamente precisos, exquisitamente delicados e increíblemente
sensibles que el genio del hombre puede producir. Ahora, su
capacidad se ha extendido gracias al uso de los computadores;
para los teóricos, estas máquinas capaces de
realizar milagros pueden recrear la biografía de las
estrellas y las galaxias, comprimiendo miles de millones de
años de evolución en unos pocos minutos".
La increíble historia que acabamos de narrar, en que
la mente del hombre ha elaborado la teoría de las enanas
blancas, las estrellas neutrónicas y los hoyos negros
así lo prueban.
Fuente: Creces.cl
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