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Los chilenos no tenemos
ni gusto ni tradición por los confites, al contrario
de lo que sucede con los países europeos en general,
afirma enfáticamente en 1980 el ingeniero químico
(mención alimentos) Omar Piña F., quién
en ese entonces se desempeñaba en la industria Serrano,
una de las grandes productoras de confites en Chile.
Para comprobar la validez de la afirmación
basta comparar la franca indiferencia de los chilenos por
las golosinas con la devoción que dispensamos al vino.
Mientras que de las primeras consumimos cualquier calidad
extranjera -incluso a veces desechada del mercado de su país
de origen por malas-, somos exquisitos en reconocer la más
ínfima variación de aroma, sabor, color, densidad,
consistencia y hasta el tintinear del contenido de una botella
que se vacía lentamente sobre una copa, la que también
debe ser del mejor cristal.
Lo mismo sucede con los europeos, y especialmente
las europeas, respecto del confite. Algún inglés
seguramente no distinguirá entre un Cabernet y un Jerez;
pero lo que para nosotros es el mejor chocolate que hemos
probado, para ellos resultará una basura.
Así, volviendo al caso chileno, se forma
una especie de círculo vicioso: No somos demasiado
exigentes para los confites porque no tenemos una cultura
confitera y no tenemos esa cultura porque la industria nacional
no ofrece productos capaces de competir en calidad con los
mejores del mundo. Nos conformamos con cualquier cosa. Además,
el consumo nacional es bastante limitado, standard y hasta
con tendencia a la declinación.
Para vencer la barrera de calidades entre el
Viejo y Nuevo Mundo a trabajado la industria confitera del
país, la que en ese entonces no lograba colocar sus
productos en el extranjero, a pesar de que figuraba en la
lista de rubros exportables que promovía ProChile en
todo el mundo. Claro que, mientras el público no estimule
la actividad, serían escasas las posibilidades de incursionar
con éxito por los mercados internacionales.
La base ya existe. La calidad, sin ser óptima,
no deja que desear. Tal vez habría problemas de costos
o poca variedad para exportar, pero había que intentarlo.
¿Qué es un caramelo?
Los confiteros distinguen varias clasificaciones
para sus productos. Una de ellas es la que se refiere a los
"dulces" que pueden fabricarse artesanalmente y
los que sólo se obtienen por un proceso industrial.
En casa se podrían hacer -con bastante tiempo disponible,
paciencia y grandes cantidades de ingredientes para una poca
abultada producción- calugas, turrones y otros. El
caramelo, sin embargo, requiere, entre otras cosas, un horno
de cocimiento posible de graduar entre 125 y 140 grados y
al vacío, y luego, procesos de enfriado hasta temperaturas
bajo cero.
La
maquinaria que se ocupa, además de ser importada de
Alemania, Italia, Inglaterra o Argentina, es inalcanzable
para presupuestos domésticos. Afortunadamente, es un
material de larga duración. Dependiendo del uso que
se le dé, puede trabajar hasta 50 años, con
el único riesgo de quedar obsoleto.
La fabricación de un caramelo que pesa
no más de dos gramos requiere de un complejo proceso
que utiliza como materias primas al agua (que actúa
sólo como vehículo), azúcar y glucosa.
Estos tres elementos, en proporciones preestablecidas y que
varían según lo que se desea obtener, se vierten
en una cámara mezcladora que al mismo tiempo recibe
calor. De allí sale ligada una pasta semilíquida
que va al horno de vacío, donde se le aplica realmente
la temperatura necesaria, saliendo después a una mesa
especial o "mezcladora", donde se determina el color
y sabor que tendrá finalmente el producto a través
de los agregados de esencias, ácidos y colorantes que
se le hagan. Sin medir intervención del hombre, la
pasta, cada vez más modificada, se transporta a la
maquina "amasadora", la que homogeniza y disminuye
la temperatura.
Por fin entran a tallar las manos humanas en
la siguiente etapa. El compuesto, que ha ido perdiendo casi
toda la humanidad, es llevado por operarios a la máquina
troqueladora, donde tres alargados conos parecieran tejer
tres hebras continuas que van cayendo sobre un molde que hace
salir al caramelo con su forma definitiva. Para la cristalización
total, la golosina entra en un túnel de frío.
La séptima etapa la constituyen los
"bombos golpeadores", que cumplen la función
de quitar la "rebarba" o puntas que han quedado
a lo largo de todo el proceso.
El resultado es un caramelo con un 3 a 4 por
ciento de humedad. Un porcentaje más alto significará
que el producto quede pegajoso, susceptible de adherirse a
su envoltorio, a las manos o a cualquier objeto o superficie,
con la consiguiente baja de calidad. Por fin, la última
etapa es la máquina envolvedora, la que recibe uno
a uno los caramelos al tiempo que corta justo el cuadrado
de papel celofán de un rollo previamente colocado,
entregando el producto (dulce) tal y como lo reciben los consumidores.
Calugas y rellenos
Si uno relaciona lo que capta en una fábrica
de confites y lo que consumimos desde niños sin preguntarnos
por su origen, se da cuenta perfectamente de la diferencia
entre un caramelo y una caluga. Mientras el primero es absolutamente
duro y sólo se disuelve luego de una prolongada exposición
a la saliva y movimientos linguales, la caluga es más
manejable y flexible.
La explicación está en la cantidad
de agua contenida, que lógicamente es mayor en el caso
de las calugas. Además, el característico color
café de estos cubitos es producto de un proceso que
no incluyó tratamiento al vacío. Así,
el azúcar se degradó de una forma diferente
al caso de los caramelos, pero muy similar al "almíbar
de pelo" que toda buena dueña de casa domina a
perfección. El proceso más simple en las calugas,
no implica que éstas sean de menor calidad. Muchos
las prefieren más que los caramelos. "Son diferentes.
Y punto", enfatizó el ingeniero Piña.
Algunos otros productos que comúnmente
trabajan las industrias nacionales de confites son los chocolates
en todas sus formas y variedades, las gomitas, malvas, grageas,
mentitas y también, rellenos de galletas y frutas,
jugos, jaleas, flanes, cereales dilatados, turrones (cuya
explotación comercial no es muy conveniente por su
alto costo) y otros.
Las diferencias entre todos ellos se basan
en los ingredientes. La caluga, por ejemplo, contiene azúcar,
glucosa, agua, leche y materias grasas. El chocolate, en cambio,
prescinde del agua, ya que la necesaria humedad para su tratamiento
se logra del chancado del azúcar, proceso que libera
las partículas del líquido que necesariamente
quedaron al refinarse. Para elaborar una buena barra de chocolate
se utiliza azúcar en polvo, leche, materia grasa y
cacao, con un mínimo de un 30 por ciento de materia
grasa al mezclar. Porcentajes inferiores o una aleación
mal hecha lo notan los entendidos por una película
blanca que se forma sobre la barrita. Un chocolate con esa
presentación pierde parte de su calidad, aunque no
su sabor. Detalles como ése son los que exigentes consumidores
europeos no perdonan.
Hay especies de chocolates que requieren trabajo
artesanal. Los típicos viejitos pascueros, conejitos
y otras figuras son fruto del trabajo de artistas. Los privilegiados
que poseen el don de confeccionar tales figuras son muy preciados
en la industria confitera nacional; se los pelean y sus sueldos
suelen ser reflejo de tal situación.
El turrón también es un confite
de fantasía de gran aceptación entre los entendidos.
Pero no confundir con lo que de Argentina nos llega con ese
nombre. Mucho menos con lo que se hace en el país.
Este es un producto que basa su encanto en la albúmina
(que se obtiene de la clara de huevo) y el batido manual de
los ingredientes. Algo digno de saborearse, aunque su comercialización
masiva es reconocida como antieconómica. Las industrias
especializadas, sin embargo, siempre manejan un pequeño
stock a disposición de los conocedores.
Por último, si después de todo
alguien quedó más interesado que antes por los
confites, le pedimos que tome en cuenta el aspecto sanitario.
Todo lo que es azúcar tiende a ser peligroso en tal
sentido. Sin embargo, el Ministerio de Salud ejerce un efectivo
control sobre las industrias nacionales de confites, a través
de periódicas inspecciones a las respectivas plantas
y del visado que ejecuta sobre todas las materias primas importadas.
No hay de que preocuparse.
Fuente: Creces.cl
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