Cáncer a la piel: prevenir es la fórmula

Si bien el cáncer a la piel ha aumentado considerablemente durante los últimos años, su prevención radica, en la mayoría de los casos, en nosotros mismos.
Protegerse adecuadamente del sol o examinar cuidadosamente la evolución de nuestros lunares, es un camino simple para prevenir tan dramáticas consecuencias.

Fuente: Revista Temas de Vida, Isapre Vida Tres


Aún cuando no se trata de una enfermedad nueva, sólo durante los últimos años se ha ido creando conciencia acerca del cáncer a la piel debido a su alarmante crecimiento -que lo ha convertido en una “epidemia no declarada”- y al hecho de haberse constituido en el más prevaleciente de todos los cánceres.

Entre las causas de este fenómeno, quizás la que ha incidido con mayor fuerza es la disminución de la capa de ozono, responsable de filtrar gran parte de la radiación ultravioleta que llega a la tierra proveniente del sol, y cuyo efecto protector resulta fundamental.

Sólo en Estados Unidos se estima que más de un millón de ciudadanos padecen esta enfermedad cada año. Si bien en Chile las cifras son menores, el riesgo es creciente puesto que el extenso agujero que afecta dicha capa en la región antártica se ha ido extendiendo rápidamente hacia el norte de nuestro país.

Es así como en la actualidad la exposición irresponsable al sol produce cada vez más diferentes patologías dermatológicas que abarcan desde quemaduras con variada intensidad, hasta el desarrollo de distintos tipos de cáncer a la piel, pasando por una gran gama de patologías agudas y crónicas, algunas de ellas muy invalidantes.

Incluso más, recientes estudios han demostrado que la radiación ultravioleta contribuye también a la disminución de las defensas naturales del organismo.

El sol: nuestro peor enemigo

El cáncer a la piel se puede definir como una proliferación acelerada y desordenada de células que logran, en cierto modo, conservar ciertas características de las células originales de la piel.

Esta patología puede tener diferentes manifestaciones, siendo los tres tipos más comunes los carcinomas basocelulares, los carcinomas espinocelulares y los melanomas malignos.

El primero de ellos suele ser el más frecuente en tanto que el último el más peligroso puesto que, si no es detectado a tiempo, puede diseminarse y resultar fatal.

En más del 90% de los casos este tipo de cáncer se presenta en las zonas expuestas al sol tales como la cara, el dorso y las extremidades.

Sin embargo, en algunas ocasiones es posible también encontrar tumores cancerígenos en áreas que no han estado bajo la exposición solar, tales como las plantas de los pies o las palmas de las manos.

Sin lugar a dudas, la exposición a la radiación solar es la principal causa reconocida de este tipo de cáncer, básicamente durante los primeros años de vida, siendo más peligrosos todavía aquellos casos en los cuales se han producido insolaciones o ampollas.

No obstante, existen también otros factores predisponentes como son los agentes carcinógenos industriales tales como alquitranes, arsénicos y aceites.

Así también, las úlceras crónicas, las cicatrices de quemaduras antiguas, la exposición repetida a los rayos X y los antecedentes familiares pueden favorecer su aparición o empeorar su diagnóstico.

Ojo con los lunares

Otro frente en el cual el cáncer a la piel también puede manifestarse es en los lunares.

Los llamados nevos melanocíticos son manchas o lesiones congénitas o adquiridas, que se deben a la acumulación circunscripta de un grupo de células especiales de la piel denominadas melanocitos. Frecuentemente son pigmentadas, pueden o no tener pelos, y pueden también estar localizadas en cualquier parte de la piel o las mucosas.

Todas las personas los poseen y durante la edad adulta es posible llegar a encontrar un promedio de cuarenta lunares.
En algunas ocasiones se consideran marcas estéticamente aceptables.
Sin embargo, a veces su crecimiento y ubicación pueden resultar incómodos y hasta peligrosos.

Aquellos localizados en áreas expuestas al sol, como también los que aparecen desde el nacimiento (uno de cada cien) son de mayor peligrosidad y tienen más probabilidades de desarrollar un melanoma maligno.

También la acción de los solarium, que han proliferado como la panacea para mantener el bronceado fascinante, conllevan al fotoenvejecimiento de la piel y a la posible degeneración de lunares ya existentes, aumentando- por tanto- el riesgo de cáncer.

De usted depende

A pesar de lo alarmante que resulta esta realidad, en la mayoría de los casos es posible prevenirla tomando las precauciones necesarias.

Si bien la intensidad de las radiaciones UV depende de varios factores tales como las estaciones del año, la latitud, la altitud y la hora del día, este tipo de rayos ultravioletas pueden atravesar y reflejarse en las nubes, la nieve, el agua y la arena. Por tanto, es indispensable protegerse durante todo el año y no sólo en los meses de verano.

En primer lugar, se debe evitar la exposición al sol entre las 10 de la mañana y las 14 horas (ojalá incluso hasta las 17 horas), puesto que dos tercios de la radiación solar que llega en un día a la tierra ocurre en dicho intervalo de tiempo.

También resulta fundamental la aplicación de pantallas solares con un factor de protección solar (FPS) de 15 como mínimo, en toda la piel expuesta al sol (incluso en los labios), preferentemente unos veinte o treinta minutos antes y cada dos o tres horas. Si es posible, también se recomienda el uso de anteojos, poleras y sombreros.

Y cuando se trata de niños y jóvenes las precauciones deben ser aún más estrictas ya que -pese a que este cáncer se manifiesta por lo general a partir de la cuarta década de vida- es durante las dos primeras cuando se recibe hasta un 50% de la radiación. Y no se debe olvidar que un niño menor de seis meses no debe ser expuesto al sol por ningún motivo.

¿Cuándo preocuparse?

En el transcurso de nuestras vidas pueden ir apareciendo nuevos lunares, modificarse los ya existentes o bien, pueden desaparecer espontáneamente algunos sin que ello sea una señal de peligro. Pero existen ciertos parámetros que nos indican cuándo puede haber algún riesgo y hay que consultar a un especialista.

De manera particular, cuando nos encontramos frente a los signos conocidos como ABCD (A: asimetría; B: bordes irregulares; C: color desigual, y D: dimensión mayor de 0.5 cm. o crecimiento rápido), y cuando el lunar pica, arde o duele.

Es por ello que un control periódico se vuelve fundamental para prevenir a tiempo cualquier anomalía. Cada dos o tres meses es aconsejable llevarse a cabo un autoexamen y acudir al dermatólogo en caso de duda. Porque, en términos generales, en un 90% de los casos detectados a tiempo se logra una remisión del carcinoma basocelular y espinocelular a cinco años.