Algunas pistas para ser un PAPÁ del SIGLO XXI

Este análisis elaborado por Octavio Justiniano, psicólogo UC, y Eduardo Riquelme, psiquiatra infanto-juvenil, entrega lineamientos acerca del rol del padre de este milenio, más cercano y colaborador que el de décadas pasadas.


Por Octavio Justiniano, psicólogo UC,
y Eduardo Riquelme, psiquiatra infanto-juvenil.

El primer hijo: alegría y temor

Tener un hijo es algo que cambia definitivamente la vida del hombre. Especialmente cuando se trata del primer hijo.

Hace reformular la identidad personal y modificar las emociones y las relaciones con las personas. En cierta medida, cambia la relación con la pareja, con la familia de origen y con el resto del mundo.

Cuando un hombre sabe que será padre se llena de una alegría indescriptible, pero también siente algo de confusión por lo que viene por delante. Es normal que aparezcan sentimientos de temor e incertidumbre.

Son muchos los desafíos que se presentan. El niño que nacerá tendrá que ser aceptado como un individuo y no como una "simple extensión" de los padres. Habrá que estar cerca de él y dedicar tiempo para amarlo.

El padre tendrá que aprender a trabajar junto a la madre. Ambos iniciarán la búsqueda de los acuerdos para definir el estilo educativo y los valores que entregarán a su hijo. Esto requiere de tiempo, de reflexión y de intercambio.

La responsabilidad de ambos padres de hacerse cargo de los hijos se puede asimilar a la forma en que vemos. La naturaleza nos provee de una visión en tres dimensiones por medio del trabajo asociado de dos ojos, lo que permite apreciar bien la profundidad de los objetos.

Cada uno de los ojos ve el mundo en forma parecida, pero desde su propia posición. De la misma manera, la responsabilidad de cuidar y formar a los hijos, requiere de dos padres que, al ver con distintas perspectivas, logran una mirada más integrada de la realidad del hijo. ¿Cuántos tropezones y caídas son causa de una educación "tuerta" en que uno de los padres se margina de la parte que le toca?

Además, el padre tendrá que estar dispuesto a mandar y educar al niño. Para lograr esto, debe tener aclarada y resuelta la relación con sus propios padres, ya que ahora se estará en la situación de ellos. No en vano cuando fuimos adolescentes pensábamos que nuestros padres estaban muy equivocados y tal vez que "nunca seríamos como ellos".

Cuando el padre imagina que tendrá en sus brazos un hijo, comienza a preocuparse en cómo protegerá a su nueva familia y en como la proveerá de los recursos necesarios. Habrá que ajustar los ingresos económicos, optimizarlos y estabilizarlos.

No es fácil asumir este nuevo mundo. Ante la presencia de un hijo recién nacido está la alegría y la realización. Habrá que aceptar los sentimientos de temor e inseguridad y ver en ellos un buen motor para impulsar la solución de los problemas de cuidado, de protección, de dependencia y de autoridad.

Se puede generar mucho estrés si no se viven con armonía las realizaciones de tener un hijo, los temores naturales y el esfuerzo que se requiere para su cuidado.

El parto: el momento en que se sella la intimidad padre-hijo

En nuestros tiempos se ha popularizado la tendencia de que los padres asistan al parto de sus hijos, acompañando a la madre. Se vive entonces una de las experiencias humanas más hermosas.

Durante el parto se experimenta mucha alegría, admiración, alivio y orgullo. Se trata de un momento que sella la intimidad de la relación entre el padre y el hijo.

Diversos investigadores que han estudiado a los mamíferos durante el contacto inicial madre-cría, han demostrado que en los primeros días, y especialmente en las primeras horas, los niños recién nacidos poseen una habilidad mayor y privilegiada para establecer fuertes vinculaciones afectivas con las personas que conocen y tienen cerca.

De aquí surge la idea de que el padre asista al parto de sus hijos y esté junto a ellos en un momento determinante del desarrollo.

La experiencia cercana de contacto en las primeras horas favorece una vinculación mejor desde el niño al padre y desde el padre a su hijo. En ese momento se empiezan a conocer y a aceptar mutuamente.

Quienes han investigado, explican que, cuando los padres pasan por esta experiencia, sienten un mayor apego por sus hijos, se sienten más participes de sus vidas y desarrollo y creen que hay un lazo mayor con ellos.

Estudios a largo plazo muestran una mejor comunicación padre-hijo, una identificación mayor del hijo con su padre y una clara disminución de las situaciones de abandono y maltrato. Además, los padres perciben que con este inicio en la relación, se produce una mayor firmeza del equipo que forman junto a la madre y a los hijos.

Padres que no averguenzan, no amenazan y no sobreprotegen

Un niño se estima a sí mismo cuando se siente amado, aceptado y valorado, cuando siente que sus padres lo encuentran seguro, independiente y confiable.

Un hijo siente el amor cuando el padre se lo dice con sus caricias, cuando le habla con voz agradable y suave, cuando lo mira sin contradicciones y cuando le dice "te quiero".

Un hijo se siente aceptado cuando se le valora por lo que es y no por lo que el padre quisiera que fuese. El padre debe aceptar a su hijo con sus defectos y con sus malas conductas, con lo que no le resulta y con lo que no es capaz de hacer.

Un hijo se siente seguro cuando ve que su padre le permite ver y hacer muchas cosas. El padre lo deja avanzar, aunque sepa que cometerá errores. Lo prepara para enfrentar lo inexplicable e inevitable y lo acompaña cuando tiene que soportar las consecuencias. Además, el padre no lo avergüenza, no lo amenaza y no lo protege en exceso.

Un hijo siente que logra una sana independencia cuando se le enseña a trabajar y a valorar el esfuerzo y el logro. El padre lo estimula para que avance y para que no abandone lo que debe terminar. También, lo deja intentar las cosas para que aprenda a valerse por su cuenta y le hace sentir que no responderá con rechazo ante sus errores.

Por último, un niño confía en sí mismo cuando el padre lo ha hecho sentirse orgulloso de sí, de las cosas que hace bien y esto lo hace creer en sus capacidades. El padre no lo compara con los demás y le ayuda a sobrellevar los fracasos.

El amor a los hijos requiere tiempo

Cuando se piensa en cómo hacer mejor las cosas con las personas que queremos, suelen aparecer ideas como: "haría más, lo haría mejor, dedicaría más tiempo...."

Las personas suelen percibir que el tiempo que se utiliza en relacionarse es una buena inversión. Se reconoce que es mejor compartir más con los amigos, dedicar más tiempo a la familia o disfrutar de los hijos estando más con ellos.

Además, las personas aprecian más las cosas en las que invierten energía o aquellas que les demandan un esfuerzo mayor. El perder un amigo puede ser algo muy doloroso si es que se ha gastado mucho tiempo con él y se ha entregado algo importante por él.

Una buena relación con los hijos requiere de tiempo para amar y esfuerzo para relacionarse. La comunicación del padre con su hijo requiere un desarrollo hacia la intimidad, la confianza y el conocimiento. Esto se logra con tiempo, el que todo padre debe estar dispuesto a entregar.

Se requiere tiempo:

- para hablar con franqueza y decir lo importante con los hijos, para explicar lo difícil, para pedir lo que puede ser ingrato o para decir con claridad lo que se piensa y lo que es necesario,

- para ver crecer a los niños, para observar como aprenden, como descubren el mundo o como se maravillan con lo que descubren,

- para pensar en los problemas que tienen los hijos y en como resolverlos, para darles límites que los protejan,

- para emocionarse y sentir con los hijos, para estar junto a ellos cuando desarrollan su afectividad,

- para establecer la confianza, para permitirles a los hijos que se sientan capaces y para que descubran lo que pueden esperar de su padre,

- para jugar con los hijos, para reír con ellos y para descubrir lo que los hace gozar,

- para estar en silencio junto a uno de los hijos, para disfrutar de su sola presencia,

- para sentir y disfrutar del amor que ellos dan.

Criar es "frustrar amorosamente"

A menudo los padres se preguntan si existirá alguna "buena receta" para criar a los hijos o si alguien tendrá las respuestas a todas las dificultades que aparecen. ¿Cómo criar sin equivocarse?

El tener problemas en la crianza de los hijos no es un problema en sí. El verdadero problema se presenta cuando no se resuelven los problemas. A lo mejor lo único que es claro a la hora de resolver dificultades de crianza es que el padre que se detiene a pensar tiene mayores posibilidades de éxito.

No son muchos los padres que cuando enfrentan un conflicto con un hijo se preguntan: ¿en qué consiste el problema?, ¿qué soluciones puedo poner en marcha para intentar resolverlo? y ¿sirvió la solución que puse en práctica o será necesario cambiar algo para que se resuelva la situación?

Así es: el mejor consejo es pensar. Esto significa que no necesariamente hay que hacer o no lo "que hicieron mis padres conmigo" o "hacer lo que yo deseo". Un hijo necesita una solución para él, de acuerdo a sus necesidades.

No parece lógico controlar a un hijo demasiado en los estudios si es que él es muy estudioso o autoexigente. Tampoco sería bueno no poner límites a un muchacho que tiene dificultades para comportarse cuando está de visita en una casa.

Para criar bien, el padre debe pensar en las fortalezas y debilidades del hijo y debe evitar improvisar o actuar por prejuicios. Mejor aún si lo hace junto a la madre. Además, debe aceptar que parte importante de su trabajo es poner límites y frustrar algunos de los deseos de sus niños.

Los niños tienden a buscar las cosas que les producen placer y a evitar lo que no les gusta. Desgraciadamente para ellos, parte de la adaptación social depende de tener que renunciar a lo placentero y aceptar lo difícil.

Si de los niños dependiera, ninguno se levantaría temprano para ir al colegio todos los días. Por otro lado, afortunadamente para los niños, cuentan con la mano del padre y la madre para que lo ayuden a adaptarse. Solo ellos serán capaces de frustrarlo amorosamente. El padre como figura de autoridad pondrá los límites a su hijo con amor y con comprensión lo acompañará mientras se ajusta.

Sería un error evitarse el trabajo de enseñar a los hijos el significado de la palabra no. El padre que siente miedo a ver a sus hijos enojados con él o a que lo vean como fuente de frustración, corre el serio riesgo de caer en la permisividad y el abandono de la importante labor de establecer los límites en la crianza. Con el tiempo un hijo podría cuestionar el amor que le tiene su padre, cuando descubre que este fue incapaz de decirle "no".