





Enfermos de rutina
Es un mal muy silencioso y sutil, un virus que va minando poco a poco la salud
de la pareja. Es una enfermedad a la que mucha gente, muchos matrimonios no
hacen caso, hasta que aparecen sus efectos destructores.
Por: Iliano Piccolo, doctor en
filosofía con diplomado en pedagogía, subdirector del centro estudiantil
"Casa dello Studente" en Italia.
Fuente: Desarrollo y
Formación Familiar
A veces el enemigo más peligroso es el que no se observa a simple vista. Se da el caso de que un virus puede causar la muerte sin que la víctima haya notado siquiera su entrada en el organismo. Lo mismo pasa en un matrimonio en que el tedio se ha hecho costumbre.
- Tenemos 24 años de casados, tres hijos, el primero casado, el segundo a punto de hacerlo y el tercero iniciando sus estudios profesionales. De unos años para acá la vida matrimonial se nos ha vuelto muy pesada; ahora ya es insoportable y estamos punto de divorciarnos.
Éstas, más o menos, fueron las palabras con las que un hombre canoso y triste inició una conversación que duraría hora y media.
Desde hacía un tiempo, el Sr. Alberto y la Sra. Carmelita, su esposa, me habían pedido una cita para conversar conmigo. Ahora los tenía sentados ante mí en mi oficina. La Sra. asintió con la cabeza todo lo dicho por su esposo.
- Vamos a ver, ¿qué es lo que les está molestando en su matrimonio?
- Mire licenciado -continuó
el Sr. Alberto-, me da la impresión de que nos estamos tratando como
perro y gato.
Si llego un poco más tarde de mi trabajo, mi mujer me recibe enojada
y empieza el interrogatorio; que por qué tan tarde, que dónde
has estado, que yo estoy aquí sola "esperándote", que
ya no piensas más en mí...
- Bueno, no es que esté enojada "mi cielo", sino molesta -dice Carmelita-. Es que me aburre estar frente a la tele horas y horas esperándote.
- ¿Ya ve licenciado?, dice
que me espera muchas horas, cuando en realidad me tardo sólo una hora
u hora y media máximo.
Lo que pasa es que a veces me tardo con los compañeros de trabajo, nos
vamos a tomar una copa -sin exagerar nunca-, o simplemente me quedo un poco
más en el taller. Con los tiempos que corren hay que cuidar el trabajo.
Carmelita estaba mirando a su marido mientras hablaba; después bajó la mirada y dijo:
-¿Y por qué no me dices nada cuando regresas?, ¿cómo puedo saber yo lo que tú haces si no me lo dices?
- Pues, ni modo que te tenga que hacer un informe cada vez que me tardo -contestó Alberto-.
- Lo cierto es que me dejas sola,
y esto ha pasado muchas veces durante los años de nuestro matrimonio.
¿Te acuerdas cuando Luis (unos de sus hijos) se enfermó y tenía
39 de calentura?
Te llamé al taller y no estabas, y yo tuve que arreglármelas sola.
Y cuando falleció mi mamá, que tuve que hacer el viaje a mi pueblo
sola, porque tú no podías dejar tu trabajo.
Carmelita siguió narrando una serie de acontecimientos del pasado manifestando un rencor reprimido que se había acumulado con el tiempo.
Su esposo la escuchó silencioso, como si todo aquello no le afectara en absoluto. Creí que había llegado el momento de intervenir.
- Si me permiten, quisiera interrumpirles
unos momentos y reflexionar con ustedes sobre lo que está pasando en
sus vidas. Me da la impresión que sus relaciones como esposos se han
ido oxidando poco a poco.
Cuando un engranaje se oxida, con el tiempo deja de funcionar, no puede funcionar.
Esto sucede cuando no se le da mantenimiento, cuando no se engrasa, no se le
cuida de la intemperie.
Todo esto pasa en el matrimonio cuando los esposos se dejan llevar por la rutina.
Con el tiempo la relación entre ustedes ha ido dejando de funcionar,
no han podido superar las incomprensiones, los rencores.
Poco a poco han dejado de dialogar, de hablar sobre ustedes, sus problemas,
sus proyectos, sus alegrías y penas, sobre tantas cosas en común.
Ahora el silencio ha ido tomando el lugar de la conversación y se ha
apoderado de su hogar. Cada quien se ha ido enfriando hacia el otro, hasta pueden
haber dudado de su amor y cariño recíproco...
- Eso es precisamente lo que pasó -dijo Alberto-. Lo que no entiendo es cómo sucedió sin que nos diéramos cuenta.
- Así es la rutina, un mal
muy silencioso y sutil, un virus que va minando poco a poco la salud de la pareja.
Es una enfermedad a la que mucha gente, muchos matrimonios no hacen caso, hasta
que aparecen sus efectos destructores.
Esto generalmente, sucede después de varios -a veces muchos- años,
sobre todo cuando los hijos, ya adultos, se van de la casa.
Fíjense bien -continué diciéndoles-, la rutina suele provocar una debilitación en las relaciones de la pareja que podríamos describir así:
1º El encuentro progresivo con
el individualismo: se pierde la conciencia de que somos esposos, de que vivimos
una comunidad de amor, de que compartimos todo lo que somos, tenemos y hacemos;
cada quien empieza a andar por su cuenta.
A veces, pueden darse también aventuras extramatrimoniales (en ese momento
Alberto bajó la mirada y se "acomodó" en su asiento),
en las cuales se busca una compensación al vacío que se siente
en el hogar.
2º El cierre egoístico:
cada quien comienza a pensar en sí mismo y a juzgar al otro con dureza
e intransigencia.
El diálogo ya no es comunicación, sino una batalla en la cual
cada uno busca defenderse e imponer su punto de vista.
3º La pérdida del sentido
del amor recíproco: lo único que interesa es lo que el otro me
da o deja de darme. No me preocupa lo que yo pueda hacer y dar al otro, sino
lo que recibo.
Desaparecen los detalles de cariño, las atenciones, las relaciones sexuales
se vuelven mecánicas y tediosas, en ellas cada uno piensa exclusivamente
en la propia satisfacción y placer.
Las responsabilidades del hogar se vuelven pesadas y se trata de evitarlas en
lo posible.
4º La pérdida de la capacidad
de comunicarse: los esposos renuncian a hablar porque sienten que la comunicación
no lleva a ningún lado, es más, la conversación se convierte
casi siempre en disputa, en discusión; no hay entendimiento, no hay disponibilidad
a la escucha del otro, no hay voluntad de resolver los problemas.
Alberto y Carmelita estaban escuchando en silencio, inmóviles en sus
asientos, y así se quedaron unos instantes cuando dejé de hablar.
Finalmente tomó la palabra Carmelita:
- ¿Y ya no hay remedio para nosotros? Estando así la situación, me parece que es muy difícil remediarla.
-
Sí es difícil, pero no imposible
-continué-. Todo depende de ustedes; si quieren resolver su problema
y están dispuestos a trabajar en ello, podrán superar este momento
difícil, pero si creen que todo puede resolverse por sí solo,
como por arte de magia, entonces sucederá lo peor.
- Está bueno, díganos qué tenemos que hacer -dijo Alberto-.
- Les voy a sugerir algunas pistas
de solución. Ustedes piénsenlo, hablenlo y después nos
veremos para analizar los progresos o fallas que vayan teniendo.
Ante todo es necesario lo que antes les decía: la voluntad firme de enfrentar
y solucionar el problema, cueste lo que cueste.
Y les va a costar tiempo y sacrificio, porque exige un cambio de las actitudes
interiores de cada uno de ustedes.
Cada quien necesita empezar a olvidarse de sus intereses y fijarse en las necesidades
e intereses del otro. Es preciso poner atención en el otro, más
que en sí mismo.
Poner en práctica este interés a través de los pequeños
detalles diarios: un beso, una palabra de aliento, una invitación a cenar,
unas vacaciones solos, unas flores.
El cariño se demuestra y, en el caso de ustedes, se "recupera"
y se alimenta a través de los pequeños detalles.
Estos gestos de interés y de cariño ayudarán a restablecer
la comunicación que se ha ido atrofiando con el tiempo.
Tengan en cuenta que los esposos se comunican con palabras y gestos, con la
mirada, con las expresiones, con los silencios, con la sonrisa, etcétera.
Redescúbranse como esposos, como quienes se han comprometido a amarse,
a entregarse el uno al otro, por encima de cualquier actividad o interés
personal.
Consideren que este amor es el testimonio más valioso para una sociedad
que parece haber perdido la capacidad de amar, para unos hijos que ven en ustedes
el ejemplo de una familia que ellos apenas están construyendo.
Finalmente, acepten el momento de su vida, los años que van pasando para
todos, los cambios que supone el paso del tiempo.
Al fin y al cabo, la capacidad de amar puede verse enriquecida con el tiempo
y cuando esto sucede, también la felicidad se vuelve una experiencia
más intensa para la pareja.
Alberto y Carmelita se despidieron y se fueron con una sonrisa de esperanza. A pesar del frío invierno, el árbol aún podía reverdecer.